Biografía Dr. Caupolicán Pardo

La vida no es más que un medio
para hacer triunfar una voluntad

Última frase de la Lección Inaugural de Caupolicán Pardo, en 1929,
citando a Friedrich Nietzsche

Caupolicán Pardo Correa fue un hombre como muchos de nosotros quisiéramos haber sido. Una persona con una vocación definida tempranamente que lo convirtió muy joven en un cirujano, ginecólogo y obstetra sobresaliente y no mucho después en un profesor lúcido y generoso, querido y respetado por sus alumnos y colaboradores; una persona preocupada por la salud de los demás, dispuesto a estudiar, a observar atentamente los síntomas de sus pacientes y a enseñar. Un padre algo distante debido a sus extensas jornadas, pero un gran ejemplo para sus hijos; un hombre aplicado y confiable que también supo hacer feliz a su esposa, doña Amalia Arancibia, a quien recordamos siempre alegre.

Agua y Jabón

Caupolicán Pardo le hizo frente a la enfermedad o, mejor, se ocupó de la salud de los chilenos, empezando por promover el sencillo uso del agua y del jabón, el simple acto de lavarse las manos; la higiene personal como un hábito cotidiano de auto cuidado y prevención de acuerdo con los entonces revolucionarios descubrimientos de Louis Pasteur y Joseph Lister y la importancia que la desinfección adquirió para la medicina y la salud pública e individual.

Caupolicán Pardo, reconocido en vida como un gran profesor, ginecólogo y hábil obstetra, hoy se lo recuerda principalmente como uno de los precursores de la lucha contra el cáncer en Chile, impulsando primero la idea de habilitar un centro integral para tratar a los pacientes con neoplasias malignas, golpeando después hasta la puerta del Presidente de la República para conseguir los fondos y finalmente inaugurando el Instituto Nacional del Radium que actualmente, 84 años después, transformado en el Instituto Nacional del Cáncer, continúa prestando enormes servicios a una cantidad de enfermos que a diario acuden en busca de ayuda a ese mismo establecimiento donde todavía está en pie y operativo el antiguo edificio entregado a la “Dirección General de Beneficencia” por Caupolicán Pardo Correa el 13 de diciembre de 1930.

Alberto Pardo Arancibia —hijo de Caupolicán y obstetra como él— en su discurso de agradecimiento durante una ceremonia en honor de su padre, en septiembre 1965, en el Instituto del Radium, le atribuye una frase que tal vez Caupolicán Pardo debió tomarla de algún santo:
“Sólo pasaré una vez por esta vida y toda acción que yo pudiera hacer en beneficio de mis semejantes suplico me sea permitido realizarla sin dilación ni desmayo, cualquiera sea el sacrificio que me demande, porque no hollaré de nuevo este camino”.

—Este mensaje de amor y de solidaridad humana —escribe Alberto Pardo— lo escuché muchas veces de labios de mi padre y durante los 25 años que viví a su lado pude apreciar que constituía para él una norma superior e irrenunciable de conducta. 1

Escarbando un poco en las distintas bibliotecas y archivos de Santiago de Chile, rápidamente comenzamos a encontrar numerosos discursos atiborrados de adjetivos y frases elogiando las cualidades profesionales y humanas de Caupolicán Pardo, tantos que si queremos resumir dichos textos en un solo cuerpo nos vemos en la necesidad de omitir la mayor parte de estos cumplidos —por justificados que sean— de la misma manera que a veces conviene podar algunas ramas para que los árboles florezcan en todo su esplendor. Tales halagos son especialmente frecuentes y calurosos cuando leemos a quienes fueron sus alumnos, sus ayudantes, los jóvenes que trabajaron a su lado y que después llegarían a ser profesionales de renombre en la historia de la medicina chilena del siglo XX, doctores Juan Wood Walters, Víctor Manuel Avilés Beunza, Raúl Peña Jofré, Carlos Monckeberg y tantos otros. Un párrafo al azar: “No hay duda que el Profesor Pardo Correa, don Caupo, como lo llamábamos con cariño e íntima veneración, irradiaba respeto, simpatía y afecto, y su sencillez y bondad lo elevan muy alto a los ojos de todos los que lo conocimos”. 2

Caupolicán Pardo nació el 28 de Diciembre de 1869 del matrimonio de Adolfo Pardo con Domitila Correa. Tuvo cuatro hermanos: Alberto, Arturo, Cesar y Elvira. Los descendientes aseguran que el padre, Adolfo Pardo, era peruano, relacionado o parte de la ilustre familia Pardo que dio dos presidentes al Perú 3 . La historia familiar le atribuye a don Adolfo un próspero pasado en su patria que, por alguna razón, abandonó para radicarse en Chile. Sin embargo el doctor Raúl Peña, en la excelente semblanza que hace de Caupolicán Pardo, a quien conoció muy bien, dice: “…Su cuna modesta y honrada lo impulsó muy temprano a la lucha por la vida”. Y después: “… la pobreza fue para él su mejor herencia y el más severo tutor 4 .

Pero, de acuerdo a otros antecedentes, no parece que la infancia de Caupolicán Pardo haya transcurrido en un contexto muy humilde. Contradiciendo lo expresado por el Dr. Peña estamos casi convencidos de que al menos su madre, Domitila Correa —y por extensión su familia— vivía en el centro o muy cerca del centro de la ciudad, entonces (segunda mitad del siglo XIX) el mejor sector residencial de Santiago. En el Archivo Nacional de calle Matucana, en Santiago, encontramos tres escrituras donde ella aparece comprando distintas propiedades en torno al Centro, en 1888, 1895 y 1899, todas ellas, es cierto, siendo ya Caupolicán un joven de 18 años y más. Y en una cuarta escritura ella vende a su hijo en 1914 otra propiedad en la calle Lira también adquirida por ella en 1888. Y el 27 de agosto de 1883 Domitila Correa y su marido compran un terreno y construyen para la familia un sepulcro en el Cementerio General (con capacidad para seis cajones y un osario), donde están sepultados todos sus hijos y descendencia. Una construcción sencilla pero próxima a la entrada principal del cementerio, en el selecto Patio 16, conocido también como “Patio Italiano”, donde se encuentran enterrados varios próceres, entre ellos Caupolicán Pardo.

Por otra parte nos dicen que doña Domitila Correa casó muy joven —alrededor de los 15 años— cuando su esposo ya tenía cuarenta y por lo mismo debió tener a sus hijos a temprana edad, y consta que sobrevivió a su marido durante largos años. Ya en documentos fechados en 1883 firma como “Domitila Correa viuda de Pardo” y tenemos pruebas de que estaba viva en 1926. De ella nos habló una de sus nietas: Ida Pardo Garretón —hija de Arturo Pardo Correa, hermano de Caupolicán— nacida en 1910 y que con 104 años recuerda a su abuela como a una persona muy informal y divertida.

—No ocupaba sillas, no las necesitaba, prefería sentarse en el suelo, como los niños o los indios. La abuela Domitila era especial —dice—. Cuando se soltaba el pelo le llegaba hasta las rodillas, porque no se lo había cortado desde su nacimiento.
De Caupolicán y sus hermanos, comenta: “… era gente muy noticiosa, sabían mucho, era gente de mucha alcurnia, muy caballeros y muy respetuosos con las personas. Caupolicán era un médico matrón famoso. Lo llamaban de todas partes”.

Lo que intentamos auscultar con estos sondajes al pasado es la situación o —si se quiere— el estatus socio-económico y cultural del matrimonio de Adolfo Pardo y Domitila Correa, para así tener una idea del contexto en que nació y se crió Caupolicán Pardo. Y nuestra conclusión es que doña Domitila era una persona de algunos recursos, aunque transcurrido más de un siglo y con los datos disponibles no es posible asegurar nada.

La gran incógnita, para esta investigación, es don Adolfo Pardo. Hay pocos rastros de él. En los documentos donde aparece, figura solo con su primer apellido —lo que dificulta pesquisarlo—, salvo en una cartola del Cementerio General donde figura junto a su esposa Domitila como Adolfo Pardo Martínez. Pero hay una gran contradicción en ese documento, los esposos aparecen adquiriendo juntos el sepulcro familiar, pero ella firma como “viuda de Pardo” (Ver apéndice, figura 1). Por último y dado que Adolfo Pardo sería peruano, residente en Santiago y con hijos menores cuando Chile declara la guerra al Perú, no es imposible suponer que él quisiera pasar lo más desapercibido posible y por lo mismo encontramos pocos indicios de él.

En suma, al menos de momento debemos renunciar a conocer elementos básicos de la infancia y primera juventud del famoso doctor Pardo. Podemos solamente aventurar que, como sus hijos, debió hacer sus estudios escolares en el Instituto Nacional que, a la fecha, era la gran alternativa. De hecho en el Archivo Histórico del Instituto, actualmente en reorganización (julio de 2014), encontramos a sus hermanos Cesar y Alberto Pardo Correa matriculados en calidad de internos y en el año 1887 Caupolicán aparece inscrito para un curso de alemán (Ver apéndice, figura 2). Pero todo hace suponer que si dos de sus hermanos eran alumnos regulares, internos incluso, lo más probable es que Caupolicán también haya estudiado allí o rendía sus exámenes ahí, de la misma manera que podemos suponer que vivía junto a sus padres y hermanos en las proximidades del centro de Santiago… pero de ese extenso e importante período (escolar) en la vida de una persona no tenemos casi pistas hasta que el Dr. Raúl Peña en sus recuerdos nos dice que “sus estudios secundarios fueron brillantes” y que en esa época conoció —seguramente en el Instituto Nacional— al que sería uno de sus grandes amigos y compañero, y otro notable de la medicina chilena de aquellos años: el Dr. Roberto Aguirre Luco (1871-1938). Y que esta amistad lo introdujo en el hogar del ilustre cirujano, profesor y político —padre de Roberto— don José Joaquín Aguirre Campos (1822–1901), quien había sido decano de la Escuela de Medicina y lo era justo en la época en que lo conoció Caupolicán Pardo (1888), cuando a los 18 años estaba terminando la secundaria.

José Joaquín Aguirre es y era una figura sobresaliente. Ese mismo año sería nombrado Rector de la Universidad de Chile y era amigo —entre otros— del Presidente de la república, José Manuel Balmaceda, y necesariamente debió influir poderosamente en la vocación del joven Caupolicán, como en la vocación de su propio hijo, Roberto, quien también, como su padre, había hecho sus estudios escolares en el Instituto Nacional.

Apenas terminada la secundaria (diciembre de 1888), Caupolicán ingresa a la Escuela de Medicina, en el antiguo edificio de calle San Francisco, ubicado al fondo del Hospital San Juan de Dios, cuya fachada daba a la Alameda 5 . Y dos años más tarde, en 1890, ya es ayudante en el Hospital San Francisco de Borja 6 del destacado cirujano Raimundo Charlín y del gran ginecólogo Víctor Körner, a quien sucedería en ese magisterio 31 años después. En palabras de Víctor Manuel Avilés: “A mediados de 1921, pasó a suceder en la Clínica Ginecológica, en el Hospital San Vicente, al Profesor Víctor Körner, imprimiéndole también a esta cátedra el sello de su personalidad y entusiasmo por el progreso científico” 7 .

1 PARDO, Alberto, SAYAGO, Carlos, WOOD WALTERS, Juan y AVILÉS, Víctor Manuel. Homenaje a Caupolicán Pardo Correa. Revista Chilena de Ginecología y Obstetricia. Sept.-oct., 1965. 30(5). Pp. 341-348.

2 Ibid., AVILÉS, Víctor Manuel.

3 Manuel Pardo y Lavalle, periodo del 2 de agosto 1872 al 2 de agosto 1876 y su hijo José Pardo y Barreda, quién ocupó la presidencia del Perú en dos ocasiones, del 24 de septiembre 1904 al 24 de septiembre 1908 y 18 de agosto de 1915 al 4 de julio de1919.

4 PEÑA, Raúl. “Una gran figura de nuestra universidad: el profesor Pardo Correa”. Boletín de la Sociedad Chilena de Obstetricia y Ginecología, Agosto de 1939.Vol. IV, (Núm. 7).

5 Edificio cuya adquisición (1857) había gestado principalmente J. J. Aguirre. Posteriormente, esta construcción fue refaccionada y ampliada por el connotado arquitecto Manuel Aldunate Avaria (1815-1904) y pasó a ser llamada orgullosamente “la nueva Escuela de Medicina de la calle San Francisco”. Este simple cambio significó un enorme progreso para la naciente Escuela de Medicina, pues independizó a la administración de la Escuela de la administración del Hospital San Juan de Dios. OSORIO, Carlos. Historia de la Escuela de Medicina de la Cañadilla [en línea]. REVISTA MÉDICA DE CHILE, nov. 2013. Vol.141 (11). Santiago de Chile. Documento recuperado el 25 de Julio de 2014, en: http://www.scielo.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0034-98872013001100018&lng=en&nrm=iso&tlng=en

6 El Hospital San Borja, estaba y estuvo hasta el año 1969 ubicado en la Alameda, entre Portugal y Plaza Italia.

7 CRUZ-COKE, Ricardo. Historia de la medicina chilena. Santiago de Chile. Editorial Andrés Bello, 1995, p. 523. Y AVILÉS, Víctor M. Homenaje a Caupolicán Pardo Correa. Revista Chilena de Ginecología y Obstetricia.

 

La Guerra Civil del 91

El año 91 Caupolicán Pardo está por alcanzar la mayoría de edad, es su tercer año en la Escuela de Medicina y continúa trabajando como ayudante de los profesores Körner y Charlín. Es ahí, en el San Borja, y de ellos donde adquiere los conocimientos y técnicas que le permitirían llegar a ser un obstetra sobresaliente. Pero las personas vivimos en un contexto político y social y ese joven estudiante no podía ser la excepción. El famoso médico e historiador Enrique Laval lo pone en estos términos: “La revolución de 1891 lo sorprendió en sus trabajos de cirugía general y ginecológico, pero seducido por el espíritu de libertad que sacudió al país, se incorporó como cirujano al Escuadrón Libertad N°1 del Regimiento de Granaderos” 1 .
Sobre este período de la historia de Chile —la Guerra Civil del 91— hay obviamente tantas miradas como historiadores. Mientras unos consideran a Balmaceda un “progresista” y lo comparan con Arturo Alessandri, Pedro Aguirre Cerda y Salvador Allende, otros lo consideran un dictador. Por dar un ejemplo, supuestamente imparcial, el educador portorriqueño Eugenio María de Hostos, que estaba en Chile durante este conflicto como rector del Liceo de Chillán y después del Liceo Miguel Luis Amunátegui, de Santiago, en cartas privadas habla con desprecio de la “autocracia personalista” de Balmaceda. “Todos o casi todos los hombres notables de la política, de la prensa, de las letras, del comercio, de la industria y del crédito están en la oposición a Balmaceda”, escribe 2 . Por otra parte, el gran modelo de Pardo Correa, José Joaquín Aguirre, no solo estaba del lado de Balmaceda, sino que era amigo personal del Presidente y seguramente Roberto Aguirre, su hijo y a su vez amigo de Caupolicán Pardo, también debió estar del lado del Presidente, y sin embargo Caupolicán se incorpora como segundo cirujano a un escuadrón que en la batalla de Placilla aparece en el bando de “los congresistas”.
Hacemos esta reflexión porque no disponemos de suficientes antecedentes ni históricos ni de la vida privada del joven Caupolicán Pardo como para juzgarlo política o éticamente en razón del bando a que adhirió. Guillermo Puelma, uno de los fundadores y primer redactor del diario “La Época” (1882-1891), periódico independiente ligado a los liberales que habían apoyado de Balmaceda, después acusa al Presidente de desleal y traidor a sus orígenes. Y en 1890 dice “todos los caballeros están en la oposición, solamente los siúticos, los infelices y los empleados públicos, están con el Gobierno” 3 .
Por otra parte, muchos historiadores bien documentados y dignos de crédito defienden el pensamiento y acción política de Balmaceda y consideran a los congresistas representantes de una oligarquía conservadora y retrógrada, aunque se halla vestido para la ocasión con los ideales de la libertad, de la nobleza e incluso de la revolución. Al respecto recomendamos la lectura del sorprendente análisis histórico que hace Alberto Edwards Vives (1874-1932) en su libro “La Fronda Aristocrática en Chile”, publicado originalmente en 1928. Y donde Balmaceda sale muy bien parado.
De cualquier manera no pretendemos zanjar en dos párrafos una discusión con más de un siglo. En todo caso, a juzgar por su obra, escritos y testimonios pareciera que, en resumidas cuentas, el doctor Pardo estaba menos interesado en la política que en los recién nacidos y los por nacer. Y en sus madres. O en los enfermos y la manera de remediarlos. Y en los descubrimientos, conocimientos y normas para impedir que la gente enfermara. Y por muy enconadas que fueran las pasiones desatadas durante ese conflicto su participación debió ser más que nada dentro de su campo profesional. De hecho, algunos años después C. Pardo participará y escribirá sobre otra campaña militar, pero esta vez en tiempos de paz y con motivaciones médicas, prácticas o científicas, que no son muy diferentes.
—Sereno y estudioso recoge de ese periodo sangriento, una lección de paz y un llamado a la concordia constructiva y laboriosa —dice el ya citado Raúl Peña, refiriéndose a la participación de Pardo Correa en este conflicto.
Por su parte el propio Caupolicán Pardo, 38 años después, en su “Lección Inaugural” de la Clínica Ginecológica, en 1929, comenta este momento histórico en los siguientes términos, para referirse al retraso que significó para los avances de la ciencia médica en Chile: “…Pero los hombres no son sino la expresión del medio en que viven. La Revolución de 1891, que perturbó 40 años de tranquila paz interior, dividiendo las opiniones y los individuos, relajó este magnífico movimiento de progreso, aflojando los resortes que estimulaban a todos. En los inevitables cambios producidos por la situación política, hubo desorientaciones que influyeron en la marcha de la Escuela (de medicina). Esta, por la influencia de agentes extraños a su constitución, entró en un período de retardo”. 4
Raquel Pardo Armanet, historiadora y nieta de Caupolicán, afirma que su padre, Adolfo Pardo Arancibia, le habría contado que Caupolicán ya en su madurez había cambiado de opinión sobre este período histórico y que ahora habría tomado parte por Balmaceda.
Por último y para cerrar por ahora este episodio con una nota cordial, copiamos un párrafo del discurso pronunciado por el Doctor Ricardo Cox Méndez, el 24 de junio de 1943, en el Instituto Nacional del Radium, con ocasión de los 10 años de la muerte de Caupolicán Pardo: …”con qué entusiasmo y aún buen humor (Pardo) decidió a sus condiscípulos a enrolarse como cirujanos del Escuadrón de la Libertad, a trasladarse a Arica y regresar con el ejército que venció en Concón y Placilla. Allá ingresó en el Escuadrón de Granaderos a Caballo, pues era un buen jinete y se entretenía cuidando al animal que montaba”. 5

1 LAVAL, Enrique. Algunos aspectos del desarrollo histórico de la obstetricia en Chile. La maternidad del Salvador. Anales Chilenos de Historia de la Medicina. Santiago. Año II. Primer semestre de 1960, vol. I, p. 79.

2 SUBERCASEAUX, Bernardo. Historia de las ideas y de la cultura en Chile, volumen I, p. 295.

3 3 Ibid., p. 286.

4 PARDO CORREA, Caupolicán. Lección Inaugural de 1929, Clínica Ginecológica, Hospital San Vicente de Paul. Biblioteca Nacional de Chile, Sección Chilena.

5 GUZMÁN CORTÉS, Leonardo. “Mis recuerdos de estudiante”. Centro de Investigaciones de Historia de la Medicina de la Universidad de Chile, 1964.

El Cólera

En el año 1892 Pardo se incorpora a la cátedra de Histología y Anatomía microscópica, que incluía estudios de neuroanatomía macro y microscópica con el profesor Vicente Izquierdo (1850-1926). Una autoridad en la materia. “No creo haberos enseñado toda la verdad, que es infinita, pero siento que os he enseñado el amor a la verdad” declara a sus alumnos este científico y profesor formado en la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile y becado en Alemania, donde fue discípulo del histólogo W. Hiss y del morfólogo W. Waldeyer, quienes le dieron las bases para sus estudios en histología, neurohistología y biología experimental. Realizó también estudios de anatomía microscópica en Viena, doctorándose con la tesis “Contribución al conocimiento de la terminación de los nervios sensitivos”, publicada en 1879. Al volver a Chile entró al servicio sanitario del ejército para atender heridos y mutilados de la Guerra (del Pacífico) donde incorporó, junto a otros médicos retornados de Europa, las técnicas de antisepsia de Lister, que permitieron salvar tantas vidas en los hospitales de sangre. 1

En la primavera de ese mismo año (1892), estando en el último año de su carrera, Pardo Correa interrumpe nuevamente sus estudios, al menos formales. José Joaquín Aguirre, en su calidad de Presidente del Consejo Superior de Higiene propone al Gobierno enviar tres alumnos de la Escuela de Medicina a Magallanes para que organicen y dispongan las medidas higiénicas y sanitarias del caso para frenar un brote de cólera en esa región austral. Son elegidos tres estudiantes destacados: Joaquín Luco, Luis Molinare y Caupolicán Pardo quien, poco después de llegar a Punta Arenas es nombrado Inspector Sanitario de la Zona de Magallanes. En palabras del propio C. Pardo: “En el año 1892, con motivo de una epidemia de cólera que se desarrolló durante el verano en algunos países de Europa, que tienen frecuentes relaciones comerciales con Chile, el Consejo Superior de higiene hizo ver al Gobierno la necesidad de fundar Estaciones Sanitarias en la costa, siendo la más necesaria y de inmediata instalación una que se situaría en el Estrecho de Magallanes, pasaje obligado de los vapores que vienen á Chile del Atlántico, indicando la Isla de Dawson como el punto más adecuado para establecer el Lazareto. Con fecha 09 de Septiembre de 1892…” 2

Para contextualizar y dimensionar esta responsabilidad —sobre todo tratándose de un joven de 22 años— recordar que, (principalmente) con el incremento de la navegación transoceánica, enfermedades endémicas de una determinada zona del mundo se expandieron en forma de epidemias hacia otras regiones, y por lo mismo el cólera pasó del Golfo de Bengala a Rusia en 1830 y en cuatro años se extendió por toda Europa, causando millares de muertes. Esta tragedia produjo justificado pánico y para coordinar acciones comunes (una Convención Sanitaria Internacional) contra esta y otras plagas como la peste bubónica y la fiebre amarilla se organizó la primera –Paris 1851— de catorce Conferencias Sanitarias Internacionales, inaugurándose la internacionalización de los problemas de Salud Pública.

En Chile dos brotes epidémicos entre los años 1886 y 1888 produjeron 57.109 casos y 27.786 muertos. En noviembre del 86 el cólera llegó desde Argentina (por el paso Uspallata-Los Andes) al valle de Aconcagua y en los primeros días del 87 a Valparaíso y el 15 de enero se detectó en Santiago y durante febrero alcanzó hasta la zona de Concepción 3 . En dos palabras, con una mortalidad del 50% y una pasmosa velocidad de contagio, el cólera no era un asunto para ser tomado a la ligera.

En qué consistían las tareas del Inspector Sanitario y sus asistentes no podemos saberlo con exactitud, pero su hijo Adolfo Pardo Arancibia recordaba haber escuchado decir a su padre que debía subir a los barcos que recalaban en Punta Arenas o, lo más probable, inspeccionar todos los barcos que cruzaban del Atlántico al Pacífico por el Canal de Magallanes. Y ponerlos en cuarentena si era necesario, o bajar y transportar al Lazareto de Tierra del Fuego (si es que llegó a construirse 4 ) a los contagiados. No podemos saberlo, pero de lo que si tenemos certeza absoluta es que durante su estadía en la zona, y acorde con su mentalidad científica, Caupolicán aprovechó de recorrer y tomar contacto con las distintas etnias de la región. Y de recolectar objetos vernáculos, colección que posteriormente, en Santiago, presentará en una sesión general (17 de abril de 1899) de la “Société Scientifique du Chili”, comunidad formada por un grupo de franceses residentes y chilenos con intereses científicos (entre otros Caupolicán Pardo, en calidad de “titular”). Con el título de “Armas y Utensilios de los Indios Patagones i Fueguinos” el artículo aparece publicado ese mismo año en las Actas de la Société Scientifique, revista que dicha sociedad editó e hizo circulardurante casi 50 años, entre 1891 y 1938.

En el artículo Caupolicán habla de sus viajes por la región y de lo que ha podido conocer de la vida y cultura de los “patagones, onas, yaganes y anacalues o anacalufes”. Describe fisonomías, costumbres, vestuario, utensilios de uso cotidiano y armas. Termina con el siguiente párrafo que copiamos respetando la ortografía original: “Son estas razas de indios chilenos tan poco conocidas que ni su número, ni costumbres, ni idiomas son conocidos con la prolijidad que se ha empleado para conocer a otras tribus de salvajes. Por esto he querido presentar a la Sociedad estos objetos, los que por ser auténticos i recojidos por mí en su lugar de producción he creído que serian de interés siquiera sea para despertar la aficion al estudio de estos compatriotas” 5 .

Después de nueve meses en la Patagonia Caupolicán Pardo renuncia a su cargo de Inspector Sanitario para regresar a Santiago y rendir los exámenes finales de medicina y en una sesión con fecha 21 de Mayo de 1894 —presidida por el rector de Universidad de Chile, don Diego Barros Arana— se le confiere (junto a un compañero de nombre Nicolás Anguita Acuña) el grado de Licenciado en la Facultad de Medicina i Farmacia. 6

A partir de su experiencia como Inspector Sanitario y de lo que había aprendido con Vicente Izquierdo escribirá su tesis sobre esta materia, en la que llegará a ser un experto. “…su memoria de licenciatura fue en realidad el primer proyecto de Código Sanitario que se escribió en Chile”, recordará el Dr. Leonardo Guzmán 7 en el homenaje que le rindiera la Sociedad de Cirugía de Chile a días de la muerte de Caupolicán Pardo, en julio de 1933. 8

Además, en 1895, un año después de licenciarse, Caupolicán Pardo publicará en la Revista Médica de Chile, un artículo de 20 páginas sobre el mismo tema, titulado “Consideraciones sobre el Servicio Sanitario Marítimo en Chile e Indicaciones para su Reforma”. Texto que pone el acento en la prevención de epidemias mediante normas de higiene y resume los hechos que llevaron a las naciones afectadas en Occidente a tomar medidas mancomunadas para prevenir las pestes que las azotaron en esos años. Asimismo detalla los Decretos y Ordenanzas dictadas en Chile sobre disposiciones sanitarias. Finalmente (y principalmente) puntualiza las medidas que debieran tomarse para tener un Servicio Sanitario Marítimo más eficiente 9 .

Pero antes, recién titulado (mayo de 1894) y mientras continúa como médico residente en el Hospital San Juan de Dios, siguiendo su vocación se integra al personal docente de la Clínica Obstétrica, sita en el hospital San Borja, dirigida por el eminente profesor Adolfo Murillo 10 . Y en agosto de ese año, en el número 11 de la Revista Médica de Chile (ver Museo Nacional de Medicina) aparece publicada una nota de página y media —Observaciones en la Maternidad— sobre un procedimiento obstétrico bastante macabro que él mismo realiza. Se trata de la extracción de un feto muerto utilizando el Basiotribo de Tarnier, “instrumento metálico compuesto de tres ramas, donde la del medio sirve para perforar el cráneo del feto y las otras, en forma de fórceps, reunidas por un tornillo, para aplastar la bóveda y la base del cráneo del feto”. Y así poder sacarlo. El texto denota la sangre fría necesaria para realizar este tipo de procedimientos y el espíritu científico-pragmático propio de C. Pardo y propio de una época, marcada por el pensamiento positivista que solo aceptaba el conocimiento científico, recogiendo datos de la realidad mediante la observación directa y el uso de instrumentos. “Nos decidimos á usar el basiotribo de Tarnier 11 , tanto por ser éste uno de los casos para los que ha sido aplicado, como por ver su manejo en la práctica. Peso del feto: 5,500 gramos. Peso de la placenta: 920 gramos”. En todo caso la paciente fue dada de alta a los 9 días.

Cuatro años más tarde (1898) renuncia a su trabajo en el hospital San Juan de Dios, donde se desempeñaba como Cirujano-jefe (1895-1897), para asumir la jefatura de la Clínica Obstétrica dirigida por Adolfo Murillo 12 , quien el 30 de noviembre de ese año practica la primera cesárea realizada en Chile. “Fueron mis ayudantes en la operación el doctor don Genaro Benavidez, distinguido ginecologista, mi Jefe de Clínica, doctor Pardo y el estudiante señor Donoso” 13 .

Este año (1898) necesariamente debió ser un gran año para Caupolicán Pardo. Para empezar el 2 de enero se casa con la joven y bella Amalia Arancibia Basterrica, a quien probablemente conoció por intermedio de su hermano Enrique Arancibia, ginecólogo y quien era su ayudante en el Hospital San Borja y además un músico notable y hombre de cultura con quien establecería una gran amistad 14 .

Caupolicán tenía 28 años y Amalia 24. Fueron testigos de este matrimonio, celebrado en las oficinas del Registro Civil de Moneda, en Santiago, don Daniel Yoacham (de quien no tenemos más antecedentes) y uno de los amigos de toda la vida de Caupolicán Pardo: Roberto Aguirre Luco, también médico y, como se recordará, hijo de José Joaquín Aguirre (Ver apéndice, figura 3). Aunque no lo hayamos mencionado hasta ahora, el otro gran amigo de Caupolicán fue el prestigiado maestro de la cirugía moderna en Chile, doctor Lucas Sierra 15 . Amalia Arancibia era hija de Baldomero Arancibia Gaete, prominente ciudadano y regidor en dos ocasiones de la ciudad de Talca, y de doña Amelia Basterrica Valenzuela, matrimonio que tuvo nueve hijos. 16

Este mismo año, y a propósito de una conferencia sobre telepatía en la Société Scientifique, y de la polémica que se habría generado a continuación, Caupolicán escribe y publica en las renombradas Actas de dicha sociedad una “comunicación” de dos páginas titulada “Limitación de nuestros conocimientos” 17 , donde admite a la posibilidad de que exista “toda una región desconocida por la ciencia” y que tal vez puedan “transmitirse imágenes directamente de un espíritu a otro”. De menor importancia, este texto, da cuenta sin embargo de la flexibilidad o apertura intelectual de Caupolicán Pardo. E incluso de su capacidad de anticipación, puesto 50 o 60 años después mediante la tecnología se lograría eso y mucho más. Y poco más tarde “a todo color”.

Finalmente, como para cerrar ese año y acorde con su interés y competencia en normas sanitarias, se enrola durante 11 días como médico de campaña en un ejercicio militar en el Cajón del Maipo y luego entrega un detallado informe de siete páginas con sus observaciones: tipo de personal médico existente y requerido, funciones de éstos y el material utilizado para atender y curar enfermos. Características de los medios de transporte, vestimenta, alimentación de la tropa y dolencias de la misma. Sorprende que el mayor número de enfermos se produzca por lesiones en los pies debido a la mala calidad y tamaño de las botas: “No debo entrar a detallar cuáles son éstas, pues todos los presentes las conocen; pero no puedo silenciar sus defectos principales. En primer lugar, no son hechas al pié de nadie, i solo existen tres tamaños. En esos tres tamaños deben comprenderse desde el muchachito de doce años, corneta, hasta los pies más grandes. Son raras las que convienen a un pié dado, de tal modo que siempre son más estrechas o más grandes que el pié que debe llevarlas. En el primer caso lo dedos van oprimidos, pierden su forma, se amontonan y pierden sus movimientos; las articulaciones, comprimidas por consiguiente, la facilidad para marchar es menos, los pies se enfrían, luego se desarrollan sabañones predisponiendo a las congestiones en otros órganos. Todo esto sin contar que un soldado así calzado no puede marchar y se encuentra abatido, es decir con cincuenta por ciento menos de fuerza de resistencia para cualquier evento”, escribe en este resumen que también se publica en las Actas de la Société Scientifique du Chili. 18

Recién casado, recién licenciado y parafraseando al doctor Víctor M. Avilés: “Comienza entonces su brillante carrera profesional, siempre orientada al bienestar de sus semejantes. A poco de graduarse le vemos de médico-jefe y residente del Hospital San Juan de Dios. El alumno distinguido de Murillo, Korner, Carvallo y otros maestros precursores de nuestra moderna cirugía, llega a ser un experto cirujano en los cuatro años de servicio en ese hospital, que en la época hacía también las veces de Posta de Primeros Auxilios para Santiago y sus alrededores. Pero la Obstetricia era el ramo que más atraía al joven médico que decide renunciar a su puesto en el San Juan de Dios para dedicarse de lleno a esa especialidad”. 19 
Con 28 años, ese año 1898 Caupolicán lo culmina como médico jefe de la Clínica Obstétrica de la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile, dirigida por el gran maestro Adolfo Murillo, pero en noviembre del año siguiente (1899) muere con el siglo a los 59 años el profesor Murillo. Caupolicán lo reemplazará, como profesor interino mientras se designa a la persona que dirigirá la Clínica, designación que normalmente debió recaer en él, pero después de largos meses es designado el profesor Marcial González y entonces Caupolicán se larga al mundo, rumbo a Europa.

Parafraseando a Enrique Laval, “es interesante transcribir el procedimiento seguido a fines de 1899 en la atención de los partos y que constó en la memoria que presentó al Director del Hospital San Borja el profesor interino de la Clínica Obstétrica, doctor Pardo Correa: Algunas llegan tan a último hora que necesitan ser trasportados inmediatamente o las camas donde tendrán su parto. Las otras pasan a la sala de espera donde se las baña, pero deben volverse a poner sus vestidos. Acostadas las enfermas se les hace un lavado vaginal con solución de lisol al medio por ciento a casi todas, y algunas con sublimado al 1 por 4000. Para atender los partos se las traslada a las salas donde las reciben las enfermeras, los lavatorios portátiles con ruedas, irrigadores, frascos con algodón, las soluciones concentradas, balanzas, etc., porque su número no permite tener los objetos dedicados en cado sala exclusivamente. El parto es atendido por una alumna ayudada por alguna de sus compañeras y a veces sola. Efectuado el parto y expulsadas las secundinas, se les hace uno irrigación vaginal con la solución de lisol, se coloca un poco de algodón en los órganos genitales, se les coloca un apretador y se les da un gramo de sécale en polvo. Los niños son bañados, su cordón ligado y envuelto en algodón, se les lava los ojos con solución boricada, se les instila algunas gotas de sublimado al 1 por 5000 y por último, vestidos (con ropas del caso) se les deja al lado de sus madres. Los cuidados posteriores en los casos normales se reducen a lavados externos dos veces al día, tomar la temperatura igual número de veces, aceite de ricino al tercer día y cuidados en la alimentación. La que es especial y de primero calidad. Las enfermas se levantan al séptimo día, pudiendo irse al octavo o noveno las que no han tenido ninguna novedad. Cuando hay alguna enferma que presentó complicaciones es avisado el jefe de clínica, el que atiende y opera a las enfermas. El Profesor dirige todo el servicio y pasa visita diariamente acompañado de todo el personal disponible, dando sus instrucciones” 20 .

PARDO CORREA, Caupolicán. Consideraciones sobre el servicio sanitario marítimo en chile e indicaciones para su reforma. Revista médica de Chile. Año XXIII, Noviembre y Diciembre. Núms. 11 y 12 de 1895, p. 31 y siguientes.

JIMÉNEZ DE LA JARA, Jorge (compilador). El Cólera en Chile. Editorial Atenea y Ministerio de Salud, Chile 1992.

“El 15 de diciembre de 1894 se inauguró un lazareto en la pequeña aldea de Punta Arenas con capacidad para alojar a una decena de pacientes afectados de enfermedades contagiosas. Quedó a cargo del nosocomio el doctor Lautaro Navarro… Con el transcurso de los años se fue convirtiendo en el primer hospital de la localidad”. El Diario del Fin del Mundo, recuperado el 11 de julio de 2014, en: http://www.eldiariodelfindelmundo.com/noticias/leer/40143/esto-pas-en-nuestra-regi-n-inauguran-un-lazareto-en-punta-arenas-para-alojar-enfermos.html

PARDO CORREA, Caupolicán. Armas i utensilios de los indios patagones i fueguinos. Actes de la Société Scientifique du Chili, tome VIII, Huitiéme année, 1898. Pp. 16,122-127. Archivo Andrés Bello de la Universidad de Chile, Santiago de Chile.

Anales de la Universidad de Chile, Tomo LXXXIX, Boletín de instrucción pública de 1894, p. 92.

Dr. Leonardo Guzmán Cortés. Nacido en Antofagasta en 1890, se graduó de Médico-Cirujano en la Universidad de Chile en 1913. Se desempeñó, primero, en el Hospital de Bulnes y, luego, se incorporó al Hospital de Antofagasta, en el que sirvió durante diez años. Militante del Partido Radical, fue electo Diputado de la República en 1921, cargo que mantendría hasta 1925. Después de renunciar al sillón parlamentario, viajó a los Estados Unidos a realizar estudios sobre cancerología. A su regreso, en 1926, se radicó en Santiago asumiendo como Director del Servicio Médico del Seguro Social, labor que cumpliría hasta 1928. Al año siguiente, ingresó al Hospital San Borja y, en 1931, entró a formar parte del equipo médico del Instituto Nacional del Radium, cuya dirección alcanzaría en 1933, poco después de la muerte de Caupolicán Pardo. Fue también Ministro de Educación por un breve lapso en ese mismo año 1931. En 1941, fue Ministro del Interior en el Gobierno del Presidente Pedro Aguirre Cerda (1938-1942). Su preocupación por el problema del cáncer lo llevó a echar las bases para estructurar la Sociedad Chilena de Cancerología. Escribió varios ensayos: “Notas sobre la Cancerología en Chile” (1960), “Mis recuerdos de estudiante” (1964), “El espíritu de Lucas Sierra” (1966) y le correspondió redactar un Informe sobre las consecuencias de las explosiones nucleares en Hiroshima, Nagasaki y Bikini. Fue Académico de Número Fundador de la Academia de Medicina en 1964, nombrado por el Consejo de Rectores de las Universidades Chilenas. Falleció en Santiago, en 1971. El Dr. Guzmán es considerado un pionero de la Cancerología en Chile. En su memoria, el Hospital Regional de la ciudad de Antofagasta lleva su nombre. Biografía de Leonardo Guzmán Cortes, recuperado el 02 de agosto de 2014, en: http://www.bibliotecaminsal.cl/wp/wp-content/uploads/2011/09/Biografia-Dr-Leonardo-Guzman-C.pdf

WOOD WALTERS, Juan. Op. cit, pp. 343 a 345.

Ver, Consideraciones sobre el Servicio Sanitario Marítimo en Chile e indicaciones para su reforma. Actes de la Société Scientiofique de Chili, Tomo VIII, Huitieme Année, 1898. Archivo Andrés Bello, casa Central de la U. de Chile.

10 Adolfo Murillo Sotomayor (1838-1889), Decano de la Facultad de Medicina y Farmacia de la Universidad de Chile, Sucesor del Dr. Lorenzo Sazié Laterrade-Pilo (1807-1865) en la Cátedra de Obstetricia. Presidente de la Sociedad Médica de Chile (1880-1882), el Dr. Murillo fue quien introdujo la asepsia en Hospital San Francisco de Borja, muy hábil con el fórceps y la colocación del especulo, el primero en practicar una cesárea en la que sobrevivieron la madre y su hijo en Chile.

11 A este instrumento, que Caupolicán y otros, escriben indistintamente como Baciotribo o Basiotribo, se refiere también en su clase inaugural de 1929, en los siguientes términos: … Baudelocque, sobrino, 1829, imaginó al Beciotribo, que lo modificaron al infinito los franceses, belgas, holandeses del siglo XIX hasta el Basiotribo de Tarnier en 1883”.

12 LAVAL, Enrique. Op.cit., p.79

13 MURILLO, Adolfo. Actes de la Société Scientifique du Chili, tomo VIII. pp. 119 y 120. Publicado en 1899.

14 Enrique Arancibia Basterrica nació en Talca el 26 de octubre de 1875 y murió en Santiago el 5 de marzo de 1945. Se recibió de médico en 1900 y fue ayudante de Caupolicán Pardo en la Clínica Ginecológica del Hospital San Borja. Arancibia, además de médico fue también un gran músico y prolífico compositor que a su muerte dejó un gran número de partituras. Ver Enrique Arancibia, músico desconocido por Fernando García. Recuperado el 20 de agosto del 2014, en:http://www.revistamusicalchilena.uchile.cl/index.php/RMCH/article/view/13772/0

15 Biografía de Lucas Sierra. Recuperado el 30 de agosto de 2014, en: http://www.museomedicina.cl/home/index.php/historia-de-la-medicina/125-dr-lucas-sierra-1866-1937.html

16 Amalia Arancibia, Talca / Enrique Arancibia / Víctor Arancibia / Baldomero Arancibia / Josefina Arancibia, Santiago / Onofre Arancibia, 13-12-1869, Talca / Berta Arancibia, 01-01-1880, Santiago / Luis Arancibia, 01-01-1885, Talca / Elsa Arancibia, 01-01-1898, Santiago.

17 PARDO CORREA, Caupolicán. Limitación de nuestros conocimientos.Actes de la Société Scientifique du Chili. Tomo VIII. Huitiéme année. 1898. Santiago. Au siége de las Société. 1899. Páginas 62 y 63.

18 PARDO CORREA, Caupolicán. Servicio Sanitario Militar en el Cajón del Maipo. Actes de la Société Scientifique du Chili. Tomo VIII. Huitiéme année. 1898. Pp. 11, 82-88.

19 AVILÉS, Víctor Manuel. Op. cit.

20 Laval, Enrique. Op., cit., p.75

Cuando el Viejo Mundo estaba como nuevo

A los abuelos los recordamos siempre viejos, pero Caupolicán Pardo no era ningún octogenario cuando con apenas con 30 años podemos legítimamente evocarlo mirando el cielo junto a una de las cuatro enormes patas de hierro remachado de la nueva torre de 300 metros de altura posteriormente conocida como la Tour Eiffel. Era el año 1900, había cambiado el siglo, en París se había construido la Estación de Orsay, el Petit y el Grand Palais y el fastuoso puente Alejandro III y dedicado 120 hectáreas en medio de la ciudad para la Exposición Universal de 1900 y Caupolicán Pardo estaba ahí becado por el gobierno de Chile para perfeccionarse, estudiar y conocer las últimas ideas y procedimientos directamente de los maestros. Con la ayuda de diccionarios lee en francés y alemán acerca de los descubrimientos científicos recientes y quiere familiarizarse con los nuevos instrumentos y técnicas quirúrgicas y ginecológicas de la medicina moderna. Quiere ver y comprobar cómo los médicos se valen de los hallazgos de Pasteur y de Lister, toda una revolución que para él ya no es una novedad porque ha visto esas materias en su universidad y las ha puesto en práctica en el ejercicio de su profesión, allá en ese Chile ahora tan remoto que parece un sueño.
En 1970, con ocasión del centenario del nacimiento de C. Pardo, el Dr. Hernán Romero se refiere a este mismo viaje con estas palabras: “A la vuelta del siglo, Pardo realizó un largo peregrinaje por Europa. Eran los tiempos en que los médicos chilenos iban, al decir de uno de ellos, a pesar sabios: en efecto, asistió a las clínicas de muchas lumbreras y fue de los pocos extranjeros que se autorizara realmente a operar. Emociona leer la correspondencia que sostuvo con su cuñado, el doctor Enrique Arancibia, otra personalidad de selección. Juzga a esos maestros con generosidad, pero reconoce que algunos eran de relumbrón y, entre los que se hacían pagar los cursos, no faltaba quién explotara a personas ávidas de aprender; revela además la sobriedad espartana en que transcurrían los días de don Caupolicán y la preocupación vehemente de observar procedimientos y recoger instrumentos y equipos que se pudieran importarse para beneficio de sus conciudadanos”. 1
En París se acerca a la clínica del ginecólogo, obstetra y puericultor Adolphe Pinard (1844-1934), que abogaba por la atención médica de la madre y el bebé, tanto antes como después del nacimiento; y también asiste a la clínica Tarnier del profesor Pierre-Constant Budin (1846-1907), otro obstetra, miembro de la Académie de Médecine, oficial de la Legión de Honor y uno de los fundadores de la medicina perinatal moderna que hizo muchos aportes a los esfuerzos para reducir la mortalidad infantil, haciendo, entre otras cosas, hincapié en la importancia de una nutrición adecuada y la prevención de las enfermedades infecciosas en los recién nacidos, así como en la educación de las propias madres al respecto.
Viaja a Alemania y en Berlín asiste a las clases del profesor Robert von Olshausen (1835-1915), ginecólogo y obstetra, autor de numerosos artículos científicos y que también hacía contribuciones para libros de estudio, y que se hizo conocido como editor del Zeitschrift für Geburtshilfe und Gynäkologie, en español:Diario de Obstetricia y Ginecología.
Wood, Laval y otros médicos historiadores que se refieren a este periplo de Pardo por Europa nos dicen que viaja también a Edimburgo, Escocia, “para estudiar con Simpson”. Sin entregar otros antecedentes. Y en esa ciudad y época el único médico que aparece como de interés para Caupolicán Pardo es James Young Simpson, quien se dedicó a la obstetricia y que en 1847 descubrió que el cloroformo podía utilizarse como anestésico y morigerar los sufrimientos del parto, lo que en su momento algunos consideraron, y con razón, un descubrimientos importantísimo, aunque tuvo la oposición de la iglesia y de muchos otros médicos. La administración de este fármaco a la reina Victoria para el nacimiento de su hijo Leopold, en 1853, extendió su uso. Simpson en realidad murió (a los 59 años) en 1870, mismo año del nacimiento de C. Pardo, de manera que éste no pudo pretender conocerlo, pero es probable que Simpson haya dejado un legado respecto de la anestesiología en la Universidad de Edimburgo, donde trabajaba, y de ahí el interés de Pardo para desplazarse a Escocia.
Finalmente podemos consignar que durante esta estadía en el viejo continente Caupolicán Pardo participa representando a Chile en la “Primera conferencia internacional de revisión de la clasificación internacional Bertillon de causas de defunción”, celebrada en París entre el 18 y el 21 de agosto de 1900. Esta clasificación, o listado internacional de causas de defunción, venía del año 1893 cuando en una reunión celebrada en Viena, en 1891, el Instituto Internacional de Estadísticas, heredero del Congreso Internacional de Estadísticas, encargó a un comité dirigido por Jaques Bertillon (1851-1922), Jefe de los Servicios de Estadísticas de la ciudad de Paris, la preparación de una Clasificación de Causas de Defunción, sujeta a revisión cada diez años. Dicho esto, y según la fuente consultada, es posible que esta Conferencia haya tenido lugar durante el octavo o décimo Congreso de Higiene y Demografía, celebrado en esa misma fecha y ciudad. La historia quiere, pero no puede ser una disciplina científica, o exacta.
Caupolicán regresa a Chile en 1901, cargado de regalos 2 , instrumentos e ideas y con la necesidad de compartir su experiencia y conocimientos adquiridos en Europa. El Dr. Raúl Peña lo grafica de este modo: “…. en la Revista Médica hay constancia de la intensa labor que entonces desarrollara, labor cristalizada no sólo en forma de colaboraciones sobre su especialidad y cirugía general, sino también en artículos de alto interés profesional. Dicha revista lo contó como uno de los miembros más entusiastas de su comisión editora el año 1901, siendo poco después elegido Director 3 .
Y en 1902 rinde con resultados sobresalientes las pruebas para optar al cargo de profesor interino de obstetricia en la Escuela de Medicina de la U. de Chile 4 , en reemplazo del profesor Marcial González, quien había estudiado en Alemania y que como Caupolicán Pardo consideraba a la ginecología y la obstetricia como una sola especialidad. Desgraciadamente a poco de ser nominado el profesor González enfermó y dos años después, en 1905, murió en Europa, a donde había viajado con la vana ilusión de recuperar la salud; de manera que en una sesión del 25 de Septiembre de ese mismo año, presidida, en ausencia del Rector, por el Decano señor Domingo Amunátegui, la Universidad de Chile nombra a Caupolicán Pardo Profesor Titular de la Clínica Obstétrica, cargo que desempeñará durante 16 años 5 .

1 ROMERO, Hernán. Discurso: “En el Centenario del Dr. Caupolicán Pardo Correa”. Revista Vida Médica. Diciembre 1970. Número 22(12): pp.8-9.

2 Ya había nacido, probablemente en su ausencia, el 6 de julio del 1899, María Olga, su hija mayor.

3 PEÑA, Raúl. Op. cit, p.476.

4 Ibid., PEÑA, Raúl.

5 En la sesión del 25 de septiembre de 1905, presidida, en ausencia del señor Rector, por don Domingo Amunátegui Solar, decano más antiguo entre los concurrentes: Nombrase a don Caupolicán Pardo C., propuesto en primer lugar de la terna respectiva, para que sirva el empleo de profesor de obstetricia de la Escuela de Medicina, que se encuentra vacante por fallecimiento de la persona que lo servía. Páguesele el sueldo correspondiente. Anales de la Universidad de Chile. Año 1905. Boletín de Instrucción Pública. Consejo de Instrucción Pública.

El Asilo Marítimo de Cartagena

Al principio de esta referencia biográfica dijimos que omitiríamos los elogios dedicados a Caupolicán Pardo para permitir que los hechos de su vida y carrera profesional hablaran por si solos, pero es difícil no destacar su sensibilidad social y vocación de servicio si nos referimos al Asilo Marítimo de Cartagena, fundado en Septiembre de 1906.
Así como la peste bubónica y el cólera —que a Caupolicán le tocó conocer tan de cerca— otra de las terribles plagas que afligieron a la población en la segunda mitad del siglo XIX y principio del siglo XX —y que de hecho llevaría a la muerte al propio Caupolicán Pardo— fue la tuberculosis o Peste Blanca, por la extrema palidez de los enfermos. Afortunadamente bajo control en la actualidad. Este antiguo mal —al que ya Herodoto se refiere en su Historiae e Hipócrates declara la enfermedad más frecuente de su tiempo— se propagó en directa proporción con el crecimiento urbano en condiciones de hacinamiento, desnutrición, frío y falta de higiene; siendo los niños los más afectados. De hecho la tuberculosis pasó de un problema biológico a la categoría de problema social 1 . Incluso en 1918 una tuberculosis pulmonar terminó con la vida de la aristócrata salvadoreña Rosa Quirós y Ávila, esposa del futuro Presidente Carlos Ibáñez, lo que a la postre debió influir para que la autoridad política tomara finalmente cartas en el asunto. Cabe destacar que a fines de la década del treinta, durante el gobierno de Pedro Aguirre Cerda (1938-1941), otro médico —Salvador Allende, entonces Ministro de Salubridad— consciente de este y otros problemas de salud, derivados en gran parte de la pobreza —enfermedades venéreas, mortalidad infantil, alcoholismo y otros— comprendió que estos problemas competían a toda la sociedad y debían ser enfrentados por el Estado. “En el grupo de los fallecidos en edad activa los mayores porcentajes corresponden a la tuberculosis, enfermedades infecciosas, cardiopatías, sífilis, con predominio evidente de la tuberculosis”, dice en su libro “La realidad médico-social chilena”. 2
Desde siempre la receta preferente para el tratamiento de este mal consistía en prescribir viajes hacia climas benignos, cabalgar o caminar al aire libre, y en la segunda mitad del siglo XIX en Europa se comenzaron a construir sanatorios en lugares convenientemente ventilados con el objeto de confinar a los pacientes en establecimientos que les proporcionaran aire puro, reposo y buena alimentación. Y este mismo concepto tuvo su correlato en Chile. El primer sanatorio chileno fue construido por los hermanos Donnay en el Cajón del Maipo y posteriormente el “Gran Hotel de Francia”, establecido en 1894; el Sanatorio Peñablanca, fundado en 1904 por una sociedad anónima del mismo nombre y que tras un cierre inicial fue reinaugurado en 1912 gracias a la cooperación de la benefactora Juana Ross de Edwards; el Sanatorio de los Andes, abierto en 1904; y el Sanatorio Diaguitas, ubicado en el departamento de Elqui, cuya construcción, avalada por la Junta de Beneficencia de La Serena, se inició en 1912 3 . Por último señalar el Preventorio para niños de San José de Maipo (1929), obra de la Cruz Roja. Su fundador y organizador fue el Dr. Juan Eduardo Ostornol, Vicepresidente del Comité Central de la Cruz Roja Chilena, quien ese mismo año colaborará con Pardo Correa para la concreción del Instituto del Radium.
En este contexto, donde los privados debían tomar a su cargo los problemas de salud pública, es que Caupolicán Pardo integra la Liga Contra La Tuberculosis que en Septiembre de 1906 funda El Asilo Marítimo de Cartagena, en el balneario homónimo, en la costa, frente a Santiago, para recibir por temporadas a niños “escrofulosos”. 4
En la “Revista de Beneficencia Pública”, tomo II, de Diciembre de 1918, el doctor Caupolicán Pardo informa in extenso sobre esta iniciativa en su calidad de Administrador del Asilo.

Extractamos algunos párrafos, un poco al azar: “En Cartagena, en la playa chica, a la orilla sur de esta bahía y mirando hacia el norte, existe un edificio que fue antes convento de los Padres Dominicos, los que tenían ahí un colegio para novicios, y que fue adquirido por el entonces presidente de la Liga contra la Tuberculosis, quien lo transfirió a esta sociedad. El recinto fue destinado a iniciar un asilo para niños débiles propensos a ser víctimas de la tisis. La Liga pudo iniciar en 1906 el traslado periódico de grupos de niños por tren hasta Melipilla, continuando el viaje en coche hasta Cartagena. Con la prolongación del ferrocarril hasta San Antonio se facilitó mucho el viaje y se economizó dinero, lo que posibilitó aumentar cada año el número de niños. El establecimiento estaba ubicado en un terreno de alrededor de 8.000 metros que se extendía desde la orilla del mar hasta deslindar con el camino de San Antonio. El edificio de dos pisos construido en material sólido estaba dividido en varios departamentos. A partir del período 1914-1915 fue sometido a un proyecto de transformaciones para adaptarlo a su nueva función. Las obras, entre otras, incluyeron lo siguiente: construcción de lavatorios y alcantarillado; habilitación de dormitorios para varios niños, que posibilitaran una mejor atención y supervisión; un patio y una terraza por todo el frente del edificio y plantación de árboles. El asilo funcionaba en una temporada que se extendía desde los primeros días de noviembre hasta fines de abril. Los grupos constaban de hasta 60 niños, formados alternativamente por hombres y mujeres. Eran seleccionados por una comisión de médicos de la Liga, de acuerdo con los siguientes criterios: 1) No tener menos de 7 años de edad, ni más de 14 los niños, ni más de 12 años las niñas. 2) Escasez de recursos de sus padres o guardadores. 3) No adolecer de alguna enfermedad infecto-contagiosa”.
“Año por año el público ha ido palpando los provechos obtenidos y acude a solicitar que se lleven sus niños a ese establecimiento en donde ganan en salud, se les enseña algo y sobre todo a ser limpios. En este ligero resumen que hacemos del establecimiento, hemos querido hacer ver los positivos servicios que presta a los niños débiles de las clases más desvalidas de la sociedad, que sin ese recurso prestado a convalecientes o débiles serían víctimas de la tuberculosis. Con la ya larga práctica adquirida ahí, se puede aseverar que es fácil construir en todas las costas vecinas a las ciudades, establecimientos modestos de material ligero que, con un costo mínimo para alimentación y cuidados, puede devolver los niños débiles o convalecientes que se le envíen, en prefecta salud, ahorrándose a su familia y al país los cuidados y las pérdidas que ocasionan sus enfermedades o su muerte”. 5
El punto 1 del reglamento del Sanatorio decía: “El Sanatorio de Cartagena tiene por objeto dar alojamiento y pensión a los niños predispuestos a contraer la tuberculosis”. Gratis, por supuesto.

El doctor Pardo Correa, administrador del asilo, comunicaba que en los primeros doce años se recibieron 1930 niños de ambos sexos, en 85 partidas diferentes, con estadías de alrededor de un mes, al cabo de la cual ganaban 1,5 a 2,2 kilos de peso. El costo diario por día y niño alcanzaba a 1.615 pesos. En 1935 se informaba que la escasez de recursos de la Liga, que a la fecha presentaba un déficit de 1154,26 pesos, obligaba a mantener el funcionamiento del Asilo sólo en los meses de verano. La atención del establecimiento estaba a cargo de las Hermanas de San José, Protectoras de la Infancia, bajo la administración superior de don Esteban Belloni. 6 

1 El doctor Pedro Lautaro Ferrer pudo afirmar en 1910 que la tuberculosis, entre los años 1892 y 1896, en un universo de 89.332 fallecimientos, fue la responsable del 20,74 % de la mortalidad por enfermedad a nivel nacional. Para los años 1903 al 1907, la cifra alcanzó un 16,3%, dentro de un total de 94.686 defunciones. FERRER, Pedro Lautaro (1910). La lucha antituberculosa en Chile. Memoria presentada al Congreso de Medicina e Higiene reunido en Buenos Aires el 25 de mayo de 1910. Santiago de Chile, Sociedad Imprenta y Litografía Universo. Pp.14-15.

2 ALLENDE, Salvador. La Realidad médico-social chilena, segunda edición, año 1999. Ed. Cuarto Propio. P. 31.

3 DUARTE, Ignacio y LÓPEZ, Marcelo. «Sanatorios para tuberculosos en Chile: los primeros establecimientos», Anales Chilenos de Historia de la Medicina. Año 2006, 16; p. 211-224.

4 Ibid., p. 219 y 220.

5 Ver texto completo. PARDO CORREA, Caupolicán. “EL asilo marítimo de Cartagena en la liga contra la tuberculosis”. Publicado en Revista de Beneficencia Pública. Tomo II. Diciembre de 1918. Núm. 4.

Cerda, Jaime y García, Cristián. El cuidado de niños huérfanos y abandonados en Santiago a partir del siglo XVIII. El asilo marítimo de Cartagena. Revista de Beneficencia Pública 1918; II: 343-354. Anales chilenos de historia de la medicina, Año (Vol.) 16 Nº 2, noviembre 2006. P. 219. Recuperado el 05 de agosto del 2014, en: http://www.historiamedicina.cl/wp-content/uploads/2013/11/2006-2.pdf

Su carrera docente en la Universidad de Chile

Pero volvamos a las actividades docentes y profesionales del doctor Pardo. Recordemos que después de la muerte del Marcial González, Pardo es designado (el 6 de Septiembre de 1905) profesor titular de obstetricia con asiento en la llamada Clínica Obstétrica, ubicada al interior del Hospital San Francisco de Borja —en la Alameda al llegar a Plaza Italia— donde impartiría clases durante 16 años, exactamente hasta 1921 cuando asumiría un cargo similar en la Clínica Ginecológica, con sede en el Hospital San Vicente de Paul, actual Hospital Clínico J. J. Aguirre, en Avenida Independencia. Aclarar, por las dudas, que ambas clínicas pertenecían o eran administradas por la Universidad de Chile y era allí donde los alumnos estudiaban y practicaban la obstetricia y la ginecología, aunque, como se ha dicho, el doctor Pardo, heredero de las “escuela alemana” de Karl Schroeder y Robert Möricke —representada en Chile por Körner, Murillo, González y el mismo Pardo— siempre consideró que estas dos especialidades debían ser abordadas y practicadas como una sola, de la misma manera que consideraba que el obstetra debía tener los conocimientos y habilidades de un cirujano.
Acompañaron al profesor Pardo en las tareas clínicas y docentes las siguientes personas: Jefe de clínica, Dr. Carlos Monckeberg, quien a partir de entonces desarrollaría una larga y destacada carrera como ginecólogo. Ayudante primero, Dr. Alberto Zúñiga Cuadra. Laboratorista, Dr. Ricardo Kuschel y ayudantes segundos, los doctores Julio Achwarzenberg y Andrés Prado Reyes. 1
Recordemos también que Pardo —recién titulado, en mayo de 1894, y mientras continuaba como médico residente en el Hospital San Juan de Dios— se había integrado al personal docente de esta Clínica Obstétrica —entonces dirigida por el eminente profesor Adolfo Murillo— como Director de la Escuela de Matronas, que también funcionaba ahí.
Según el Dr. Juan Wood, “mientras profesaba la cátedra de Obstetricia en la Maternidad del San Borja, entre los años 1905-1921, Pardo experimentó una serie de tropiezos y dificultades (no sabemos cuales) que repercutían hondamente en la docencia, situación que lo indujo a solicitar la organización de una nueva Maternidad dedicada a la Cátedra de la especialidad y que se mantuviera en íntimo contacto con el Hospital Clínico San Vicente de Paul. Gracias a su gestión se inició la edificación de la Maternidad, cuya obra gruesa terminada recibió su sucesor el profesor Carlos Monckeberg” 2 .
Suponemos que se refiere a la maternidad del Hospital San Vicente de Paul, donde funcionaría la Clínica Ginecológica. En todo caso en 1905 se inauguró la maternidad del hospital Salvador. Tarea pendiente.
Ilustran este período en la Clínica Obstétrica dos “memorias de prueba”, o tesis de grado, de los alumnos Humberto Solovera y Fresia Rosas. “Contribución al estudio sobre la causa de partos prematuros en las maternidades” y “Estudio de las Viciaciones pelvianas”, respectivamente. Ambos alumnos agradecen y dedican esos trabajos a su profesor guía, Caupolicán Pardo.
En la biblioteca Nacional de Chile, Sección chilena, se conserva un empastado que reúne tres completos informes “de puño y letra de Caupolicán Pardo” sobre el movimiento del servicio, en la Clínica Obstétrica, durante los años 1905, 1908 y 1916 (Ver apéndice). Se refiere a la precariedad de las instalaciones y a las dificultades para la enseñanza de los alumnos de medicina como de las estudiantes de la Escuela de Matronas, que continuaba formando parte de la Clínica Obstétrica. Los informes incluyen detallados cuadros estadísticos de nacimientos, complicaciones de los partos y listados de fallecidas con todos los antecedentes correspondiente, entre otros múltiples datos de interés médico e histórico.
Este mismo volumen incluye dos “Lecciones Inaugurales” de Pardo Correa, la del 1 de abril de 1919 (sin título) y una segunda del año 1929, “Lección Inaugural del Curso de Ginecología”, que corresponde ya a la Clínica Ginecológica, en el hospital San Vicente. Estas lecciones —que recomendamos leer y cuyo texto adjuntamos en el apéndice— dan cuenta de la calidad humana, erudición y jerarquía profesional del doctor Pardo. Reproducimos de la “Lección Inaugural” de 1919, en la Clínica Obstétrica, algunos párrafos relacionados con su concepción ética y “estética” de la profesión:
“El verdadero médico, además de su temperamento científico debe tener un alto grado de sentimiento artístico. Parece difícil que un hombre esté a la altura de las concepciones médicas si no tiene a lo menos alguna orientación artística, si la poesía, la música, la pintura le son indiferentes. Mucho se ha discutido si la medicina es un arte o una ciencia. Es lo uno y lo otro”.
“Lo importante es trabajar con gusto, con interés, con espíritu de perseverancia y firmeza. Hay una cualidad que es la esencia misma de la profesión médica, es la abnegación, esta alta expresión del deber”.
“Las observaciones (médicas) deben ser hechas con atención y delicadeza. Al hospital en Chile entran solo los que no pueden cuidarse en sus casas. La miseria es casi siempre la causa. Esto solo basta para que respetemos más y si se trata de mujeres el examen no debe tomar jamás las apariencias de una curiosidad impertinente. No es permitido a nadie, ni aun con un fin científico, prolongar investigaciones que agraven una enferma y más vale dejar una observación incompleta que agotar las fuerzas de una mujer ya extenuada”. 3
Son 14 páginas verdaderamente conmovedoras que —insistimos— deben ser leídas y deberían ser tomadas muy en cuenta por los historiadores, profesores, profesionales y estudiantes de medicina.

Pero sus actividades no se limitaban solamente a la Cátedra y a la Maternidad, de la cual era Director; durante algunos años tuvo a su cargo una sala en el mismo Hospital San Borja, donde continuó practicando especialmente la cirugía abdominal.

1 LAVAL, Enrique. Op. cit., p. 80.

2 WOOD WALTERS, Juan. Op. cit, pp. 343 a 345.

3 PARDO CORREA, Caupolicán. Clínica obstétrica: curso de 1919: lección inaugural”. Año de publicación 1919. Impr. Artes y Letras. Sección Chilena de la Biblioteca Nacional de Chile.

La familia y la casa de Ejército 119

De esos años, y en otro ámbito, podemos agregar que Caupolicán Pardo poseía y vivía en una casa (en pié hasta el día de hoy) en la primera cuadra de la calle Ejército, número 119, “teléfono 57”, donde tenía su consulta particular y donde también residía su mujer, Amalia Arancibia, y sus cuatro hijos: María Olga, María Constanza, Adolfo y Alberto, el menor, que sería obstetra igual que su padre; además de su querida y famosa madre, doña Domitila Correa, quien viviría al menos hasta el año 1926, como consta en una carta que envía a su nieto Adolfo la casa, también en pie actualmente, en Cartagena, en calle León XII, número 49 (Ver apéndice).
Respecto de la mítica casa de Ejército 119 nos queda mucho por saber, aunque también sabemos mucho de ella y de toda la gente que nació, vivió, se casó y murió allí.
Dejaremos para otra entrega nuestros propios recuerdos en estas casas de Ejército y Cartagena, limitándonos a transcribir aquí un párrafo del artículo del doctor Hernán Romero, publicado en la Revista “Vida Médica” número 22(12):8-9, de diciembre de 1970, con ocasión del centenario del nacimiento de Caupolicán Pardo:
“El hogar fue para él una devoción y el centro de su existencia. Nadie pudo olvidar los patios soleados y floridos de la casona que se extiende desde Ejército Libertador a Vergara y que constituyó su única posesión material. De un desinterés acendrado, se las arreglaba para no cobrar honorarios, jamás amasó fortuna y dilapidó los ahorros en unas tierras que convino en adquirir acaso porque eran bellas (se refiere al fundo Bella Unión, en los alrededores de Talca). En la niñez esa casona fue, para los compañeros de sus hijos, escenario de muchos jugueteos y más de alguna fechoría. Contemplar desde los balcones el 19 de Septiembre el paso de las tropas que regresaban de la Parada Militar conformó tradición de vieja data. La ceremonia confería al nombre de la calle significado legítimo. Con una perfecta naturalidad lo llamábamos Don Caupo y abrigamos la ilusión de haber acuñado el apelativo con que lo conocieran los amigos y, a sus espaldas, también ayudantes y discípulos. Probablemente era mucho más antiguo que los presuntos creadores y lo acuitó, de seguro, su encantadora mujer que no lo antecedía naturalmente de partícula nobiliaria. Discurría entre nosotros como un muchacho más grande y que no pierde la compostura, pero que comparte la alegría con entera llaneza. Había yo llegado a la edad adulta cuando vine a informarme de que no éramos parientes”.

De las fotos reproducidas inmediatamente arriba (donde la primera es parte de la segunda), disponibles en el Museo Nacional de la Medicina (de Santiago de Chile), inferimos que Pardo Correa debió asistir a la “V Conferencia Sanitaria Internacional de las Republicas Americanas”, realizada en Washington DC, USA, en 1911. Pero de momento tenemos antecedentes contradictorios.

En la página de la “Biblioteca Virtual en Salud” 1 , dependiente de la Organización Panamericana de la Salud, organismo internacional de salud pública fundado en 1902, encontramos un artículo del Dr. Gregorio Delgado García, historiador y médico cubano, que se refiere a esta V Conferencia, anteriores y siguientes, pero la fecha en 1881 2 . Y no en 1911, como aparece en el afiche reproducido arriba. Nos preguntamos, además, por qué junto al nombre de C. Pardo aparece la palabra “Panamá”, como si estuviera en representación de ese país. El doctor Delgado apunta que entre otros países Chile habría enviado uno o más delegados, pero no entrega nombres. Nos informan que en la Biblioteca del Congreso Nacional, de calle Santo Domingo, Santiago de Chile, estarían las actas de esta Conferencia. Habrá que hacer una visitar para intentar aclarar este punto.

Por último y para cerrar este período de la Clínica Obstétrica, añadir que según Enrique Laval, en este mismo año, 1911, Pardo Correa habría sido uno de los primeros en el país (Chile) en utilizar como anestésico la cocaína intrarraquídea. 3 Aunque Laval no documenta esta información, sabemos que Pardo Correa se interesó sobre manera en los anestésicos, especialmente con fines obstétricos, y que por lo mismo, como se expuso antes, habría viajado especialmente Edimburgo para conocer de cerca las experiencias de James Young Simpson (ver arriba: 4) Cuando el Viejo Mundo estaba como nuevo).

1 Biblioteca Virtual en Salud [Web en línea], en: http://bvscuba.sld.cu/

2 DELGADO García, Gregorio. El Código Sanitario Panamericano: aspectos históricos. Recuperado el 29 de agosto de 2014, en: http://bvs.sld.cu/revistas/his/vol_1_95/his03195.htm

3 LAVAL, Enrique, Op. cit., p. 80.

La Clínica Ginecológica del Hospital San Vicente de Paul y los primeros tratamientos contra el cáncer

“A mediados de 1921, Caupolicán Pardo sucede en la Clínica Ginecológica al Profesor Víctor Körner, cargo que desempeñará durante 12 años, imprimiéndole también a esta cátedra el sello de su personalidad y entusiasmo por el progreso científico”. 1
La Clínica Ginecológica había sido creada en 1888, ocupándola hasta 1892 un médico alemán, alumno de Karl Schroeder y Robert Möericke. Lo sucede Víctor Körner, también de formación germánica, quien ocupa la titularidad hasta 1921, año en que asume Caupolicán Pardo Correa, secundado por Juan Wood durante el primer año. En el homenaje que Wood le rinde en 1965 afirma que Pardo “al designársele profesor de Ginecología impulsó los acentuados cambios y los modernos conceptos que surgían en la especialidad, consiguiendo en corto tiempo colocarla a la altura de las cátedras similares en otros países, inculcando a sus colaboradores su espíritu de trabajo, su interés por la docencia y el cariño por el servicio en que colaboraban”.

Sobre el mismo punto citamos textualmente a Caupolicán Pardo: Esta clínica fue fundada en el año 1887, siendo su primer profesor el Dr. Möericke y primer ayudante el profesor Schroeder de Berlín. A su competencia y práctica al lado del eminente profesor Berlín, agregó sus notables investigaciones histológicas de los órganos genitales femeninos y los estudios de la fisiología de ellos que son todavía perfectamente aceptados. Möericke siguió su brillante carrera entre nosotros hasta 1892, en que por motivos de salud debió regresar a Europa, dejando la Clínica en manos del profesor extraordinario del mismo ramo, el médico chileno Dr. Víctor Körner. Este eminente ginecólogo es el que ha formado a las generaciones médicas de nuestra Escuela, hasta que su delicado criterio profesional le hizo dimitir su puesto temiendo que su salud no le permitiera dedicar toda su energía para el trabajo que demanda este servicio, y haciendo el sacrificio de retirarse del profesorado en pleno vigor intelectual. El desempeñó este puesto con aplauso de sus alumnos y del Cuerpo Médico, que veían en él al médico prudente, al operador admirable y al caballero sin tacha. Desde 1921, por elección de la Facultad, me tocó la honra de sucederle en la Cátedra, dejando así la Clínica Obstétrica y mis servicios de ginecología en el Hospital San Borja, en los que trabajé 33 años. Probablemente ninguna otra rama de la medicina, salvo la higiene, ha marchado más ligero que… 2

Y la versión de Raúl Peña: “Habiendo vacado a mediados de 1921 la Cátedra de Ginecología, por haber iniciado el Prof. Korner su expediente de jubilación, la facultad eligió al Prof. Pardo para dicho cargo, al cual le consagró doce años. Su paso por esta asignatura está marcado en forma indeleble y debido a su especial preparación y entusiasmo pudo colocarla a la altura de sus similares en otros países gracias a la introducción de los modernos métodos de tratamiento. En el año 1929 oímos sus alumnos la clase inaugural de Ginecología. Ya conocíamos en las clínicas y servicios quirúrgicos los entusiastas comentarios que arrancan sus métodos operatorios y las investigaciones que bajo su dirección se practicaban en la clínica universitaria de Ginecología.

“De esos años lejanos, nimbados por las ilusiones juveniles y por las primeras emociones que nos producía la contemplación de la carne dolorida, que furtivamente lográbamos atisbar en los pabellones quirúrgicos, surge un paralelo entre los dos maestros que más nos impresionaron y que siguen marcando rumbos a las generaciones médicas. Ellos son Lucas Sierra y Caupolicán Pardo”.
Y refiriéndose al cirujano Lucas Sierra, gran amigo de Pardo, continúa: “¿Cuántas veces hemos bendecido en el fondo de nuestro desfalleciente ánimo de operadores, el recuerdo luminoso de los sabios aforismos con que el genial anciano de blanca barba e hidalga estatura bombardeaba a los neófitos, haciéndonos, primero, empequeñecer por nuestra ignorancia frente a su arte audaz y a su conciencia profunda, e infundiéndonos, después, el coraje en las primeras responsabilidades junto al lecho del enfermo? Y al lado de esos chispazos geniales con que Sierra despertaba la naciente observación clínica de sus alumnos. ¡Que estimulo para los estudiantes, para la cultura quirúrgica que es necesario adquirir paciente y metódicamente, las frases alentadoras que escucháramos una soleada mañana de otoño en la clínica ginecológica!”. 3

Entre paréntesis apuntar que entre los años 1922 y 1923 Pardo fue elegido presidente de la Sociedad Médica de Santiago y dedicó mucho tiempo a colaborar en la Revista Médica de Chile. 4 Y en 1926 es elegido Presidente de la Sociedad de Cirugía de Chile, sociedad que se había fundado el 18 de octubre de 1922, por una élite de cirujanos progresistas que por su calidad profesional hicieron un gran aporte al desarrollo científico y a la docencia de la cirugía de Chile y cuyo primer Directorio tuvo como Presidente al Dr. Lucas Sierra Mendoza.

1 AVILÉS, Víctor Manuel. Op. cit.

2 PARDO CORREA, Caupolicán. Lección Inaugural de 1929. Op. cit.

3 PEÑA, Raúl. Op. cit.

4 FRANK, Julio. Médicos en la Historia de Chile. P. 189.

El Instituto Nacional de Radium de Santiago

Hemos hablado in extenso del interés de Pardo por la ginecología, por la obstetricia e incluso de su interés por los anestésicos, procurando aliviar los dolores de sus pacientes, pero es el momento que revisemos como es que Pardo Correa llegó a encabezar la lucha contra el cáncer en Chile y pasar a la historia como el fundador del Instituto Nacional de Radium de Santiago, el primer centro especializado para combatir en Chile esta grave enfermedad. Y como es habitual existen distintas versiones. O al menos dos, como en este caso.
Enrique Laval, el más destacado historiador de la medicina en Chile dice que “fue al profesor Pardo Correa a quien correspondió tratar con Radium, en Chile, los primeros casos de cáncer uterino. 1 Y el muy respetable doctor Juan Wood Walters, que como ya hemos dicho trabajaba directamente con Caupolicán Pardo, acota que “en el año 1923, el Profesor Pardo Correa había impuesto en su servicio, la Clínica Ginecológica Universitaria, esta modalidad de tratamiento en el carcinoma del cuello uterino, contando para llevarlo a cabo con la cooperación del Dr. Heegewaldt, Jefe de Radiología y Radioterapia del Instituto Médico Sanitas 2 quien, además de facilitar el material radioactivo, instruyó al Jefe de la Clínica, Dr. Alberto Zúñiga y a uno de los ayudantes de la cátedra, Dr. Ricardo Günther, sobre la manera de emplearlo. Las pacientes así tratadas usufructuaron ocasionalmente y como complemento de la irradiación central, de la transpelviana efectuada en el Instituto Sanitas o en la Sección de Radiología del Hospital de San Vicente de Paul efectuándola con irradiación semipenetrante”. 3
El doctor Raúl Peña, en el sentido homenaje que hace a Pardo Correa el año 1939 le cita este párrafo: “El cáncer, con su avance en progresión, es uno de los problemas difíciles de la medicina actual. Teníamos oportunidad de ver como los desgraciados enfermos deambulaban de un servicio a otro, faltos del elemento específico para combatir al neoplasma. Solo escapaban con vida los afortunados y excepcionales casos en que una intervención quirúrgica oportuna y experta lograba extirpar la totalidad del tumor. Ilusorio parecía en esa época proporcionar al indigente la obtención de los positivos beneficios que se alcanzan actualmente con la radium y röentgen-terapia y el médico debía asistir impotente a dolorosas agonías en las salas de incurables”.
Y más adelante —continúa Peña— “…en el año 1928 el Prof. Pardo Correa logra interesar en este grave problema nacional a los poderes públicos. Un cambio ministerial postergó sus generosos esfuerzos, pero, sin desalentarse, destina una de las salas de su clínica a la hospitalización de enfermas de cáncer genital y, con el concurso de sus ayudantes, entre los cuales se destacó el Dr. Günther, instala un policlínico anexo para el examen y clasificación de los casos de neoplasias. Con el valioso aporte de los doctores Heegewaldt, radiólogo del Instituto Sanitas, y Leonardo Guzmán, actual Director del Instituto del Radium 4 , se logran efectuar en la Clínica Ginecológica los primeros tratamientos sistemáticos y bajo un plan de instituto científico”. 5
Por otra parte Leonardo Guzmán en sus memorias —que no podemos desconocer ni desmentir—, redactadas en 1963 y publicadas por el Centro de Investigaciones de Historia de la Medicina de la Universidad de Chile, en 1964, tituladas “Mis recuerdos de estudiante”, se atribuye gran parte del mérito en la concepción y concreción de esta obra, aunque reconoce también los méritos del Caupolicán Pardo y de Lucas Sierra, entre otros.
De estas sabrosas memorias, transcribimos el siguiente trozo: “De regreso (de Europa) en 1923, me encontré con que la Dictadura del General Ibáñez, a la cual combatí siempre, me había eliminado sin renuncia de los Servicios de Beneficencia. Me presenté a concurso, sin embargo, para uno de los cargos de Ayudante Tercero del Servicio de Cirugía del Hospital San Borja, en donde me acogieron con cariño el Profesor Luis Vargas Salcedo (a quien la Dictadura le había arrebatado injustamente el cargo de Médico Jefe de los Ferrocarriles del Estado) y por el Doctor Alberto Zúñiga, a quien por suerte para los médicos antidictatoriales se le había hecho Director del Hospital San Borja. Me dieron la mitad de una de las salas más cercanas a la calle Marcoleta, en lo que dentro del Hospital San Borja se denomina como “barrio chino”. Allí trabajé en cáncer con colaboradores como Alberto Araya Lampe y Leoncio Lizana que escribió su tesis sobre cáncer uterino y que ahora es un obstetra y ginecólogo de prestigio, y Marcos Vergara. El tiempo que me sobraba lo destinaba a ayudar al Profesor Sierra. En el subterráneo de su Clínica dejaba el radium en una caja forrada con tres centímetros de plomo, dentro de la cual ubicaba otras que tenían dos centímetros de plomo y que en su centro tenían celdillas para guardar agujas y tubos de diversas longitudes y diferentes dosis de radium… En la Clínica del Profesor Sierra, trabajaba Manuel Mella quien hizo conmigo su tesis de Licenciado sobre “Cáncer, Radio física, Radio fisiología y Radiumterapia”. Los moldes y el manipuleo de las agujas lo hacíamos en una mesa que hice construir igual a la del Instituto Nacional del Radium de París y que llevé después (1930) al Instituto Nacional del Radium de Santiago, en donde aún hoy día se sigue trabajando en ella. En ese Instituto, además de mis conocimientos, dejé este obsequio material y también el pizarrón y las banquetas de clase que organicé en el segundo piso, allá por 1935, piso que ahora, 1963, se ha dedicado a la contabilidad y otros menesteres que no entraban en mis planes.
“De la Memoria de Mella y de las presentaciones que hice a la Sociedad de Cirugía donde propuse (Octubre de 1927) que se pidiera la construcción de un hospital especializado y en la Sociedad Médica, nació el convencimiento de que era necesario crear un instituto de Radium. Los Profesores Alejandro del Río, Lucas Sierra, Caupolicán Pardo Correa, el Doctor Ostornol (Decreto No 2688, del 22 de junio de 1929, de la Dirección General de Beneficencia y Asistencia Social) y el suscrito, fueron designados para llevar a la realidad este proyecto. La Cruz Roja de Chile otorgó quinientos mil pesos ($500.000) de aquella época para comprar radium y un equipo de radioterapia profunda… El 7 de septiembre de ese año, en un documento de nueve páginas, presenté a los doctores Osvaldo Díaz Velasco, Director General de Sanidad y Jefe de la Comisión de Adquisiciones de la Beneficencia en Europa y al Doctor Eduardo Ostornol, representante de la Cruz Roja de Chile, el programa de trabajo; la distribución de las agujas y dosis de radium que debían ordenarse, etc. Ya el 25 de noviembre, por nota 1528, el Secretario del Comité General de la Cruz Roja Chilena me envió copia de las adquisiciones hechas por el Doctor Díaz Velasco en Europa, nota que puse en conocimiento de la Comisión citada y del Director General de los Servicios de Beneficencia y Asistencia Social, ingeniero Don Osvaldo Galecio. El señor Galecio, muy amigo mío, había recibido un cable del Doctor Díaz Velasco en el que daba cuenta de las compras hechas, de acuerdo con mis instrucciones, el que después de conocido por mí, fue puesto en manos del Ministro de Salubridad, Don Luis Carvajal, quien dictó el Decreto No 2164, de noviembre de 1929, creando el Instituto Nacional del Radium y designando Director del mismo al Dr. Caupolicán Pardo Correa. Como había un Gobierno dictatorial, no fue la Dirección General de Beneficencia, ni el Decano de la Facultad, ni la Comisión nombrada el 22 de junio la que propuso al Director. Por felicidad, el Profesor Pardo era un caballero de bien y me llamó a colaborar con él, entregándome la responsabilidad de los tratamientos con radium… Por otra parte, el Profesor Pardo había tenido el mérito de permitir que el malogrado Doctor Ricardo Gunther, que murió muy prematuramente, ensayase el radium del Instituto Sanitas, en compañía con el Doctor Erich Heegewaldt, experto de primera categoría en radiología de diagnóstico… Las enseñanzas que yo había recibido en el Instituto Nacional del Radium de París (Rue D´Ulm 26, en frente del modesto laboratorio en que inició sus investigaciones el gran Pasteur) de mis profesores que fueron madame M. Curie y los doctores Claude Eegaud, A. Lacassaqne, Henri Coutard, O. Monod, Roux Berger, Mlle. Julliette Beaud, G. Gricouroff y otros mas, habían sido puesta en uso en el Hospital San Borja y en la Clínica del Profesor Sierra y sirvieron de base para lo formación de un buen grupo de cancerólogos chilenos. Los maestros franceses citados establecieron experimentalmente las leyes llamadas de radiobiología que son fundamentales… “No habríamos llegado a esto sin el entusiasmo generoso del Profesor Sierra ni el del Doctor Manuel Torres Boonenn, que fue quien movió, dentro de la Cruz Roja de Chile todo lo necesario para la donación de que he hablado”.
Ahora, parafraseando el discurso de Juan Wood en homenaje a Pardo, en 1965, a quien tampoco podemos refutar, dice que en 1928 Pardo Correa logra que el Estado se interese en la problemática del cáncer y su tratamiento. Junto a sus colaboradores se reúne con el Ministro de Bienestar Social, don Luis Carvajal, y le presentan el proyecto, presupuesto incluido, para construir un establecimiento especializado; además de suministrarle amplia información sobre los satisfactorios resultados que se habían obtenido en los tratamientos con irradiación, aunque se hubieran realizado en condiciones muy precarias.
Sea como sea el proyecto fue bien acogido pero, como consecuencia de las tensiones políticas de la época, un cambio ministerial postergó momentáneamente las gestiones. Felizmente el nuevo Ministro de Higiene, Asistencia y Previsión Social, Dr. José Santos Salas, ante la persistencia del profesor Pardo Correa, accedió a facilitar los fondos solicitados y aun a duplicarlos, contando para ello con la cooperación de la Cruz Roja de Chile, la Facultad de Medicina y la Dirección General de Beneficencia.
Entre tanto Caupolicán Pardo había concitado el interés del propio presidente de la república, General Carlos Ibáñez del Campo, gracias a la mediación de la “primera dama”, Graciela Letelier Velasco, quien era paciente de la consulta particular del profesor Pardo y hermana de Gil Letelier Velasco 6 , el legendario jinete huaso, gran promotor del rodeo chileno, quien se casaría con la hija mayor de Caupolicán Pardo, Olga Pardo Arancibia.
Pardo, del Río, Sierra, Ostornol y Guzmán sabían cuales eran los equipos, suministros y características del establecimiento proyectado; hacía cinco años que en la Clínica Ginecológica estaban tratando el cáncer cervical con radioterapia. “Testimonia estas actividades en esa Clínica el informe del Dr. Ricardo Günther a la Sociedad de Cirugía de Chile en 1924, 7 la primera publicación que se hiciera en nuestro país y en la cual se resumieron los resultados obtenidos con la radioterapia en veintiún casos de carcinoma del cuello uterino”.
—Siendo en la Clínica Ginecológica —concluye Juan Wood— donde se pensó e impulsó el proyecto de lo que vino a ser el Instituto Nacional del Radium. 8
En 1929 con el visto bueno de la Junta Central de Beneficencia se arma una comisión para estudiar y organizar el servicio. Esta comisión entendemos que se conformó por el mismo equipo que estaba trabajando con Pardo Correa: Lucas Sierra, Leonardo Guzmán y el mismo Caupolicán Pardo. Además de Juan Eduardo Ostornol, cirujano y teniente coronel del ejército, en representación de la Cruz Roja Chilena y uno de los fundadores de la misma. Esta comisión redactó un completo informe que fue entregado al ejecutivo a través del Director general de Beneficencia y Asistencia Social (1928-1931), señor Osvaldo Galecio.
El doctor Ignacio González Ginouves, autor de una biografía de Enrique Laval, afirma que “entre 1927 y 1931 reinaba la anarquía en los servicios asistenciales chilenos. La falta de un criterio claro y las vicisitudes políticas hacían surgir personajes improvisados en funciones directivas de las cuales ignoraban los principios más elementales y favorecieron iniciativas tan peregrinas como contradictorias y un reguero de arbitrariedades, odios y rencores que sólo el tiempo hizo perdonar aunque no olvidar. Esta etapa comienza a ordenarse en 1928 cuando el Gobierno cursó el decreto que aprobó el Reglamento Orgánico de la Junta Central de Beneficencia y designó Director General al señor Osvaldo Galecio”. Y citando al propio Laval, agrega: “Galecio en plena juventud había demostrado condiciones de organizador y cualidades de mando. Llegó a la Beneficencia e intervino en todas las discrepancias, limó asperezas y concilió voluntades en torno a su indiscutible autoridad moral…” 9
Por otra parte, en opinión del doctor Héctor Orrego Puelma (1897-1995), uno de los impulsores de la Tisiología y de la Medicina Social nacional, el año 1929 el gobierno autoritario del general Carlos Ibañez consiguió dar vida al primer plan científico contra enfermedades sociales, como la tuberculosis y el cáncer, cuyo financiamiento fue aprobado por el Congreso. La puesta en marcha de dicho plan —dice— significó una verdadera revolución en la historia de la salubridad chilena. 10
El 16 de noviembre del año 1929 el gobierno dicta el decreto Nº 2164 que aprueba los fondos para financiar la construcción del que sería el Instituto Nacional del Radium 11 a cargo de Caupolicán Pardo. Por su parte la Dirección del Hospital San Vicente de Paul —donde funcionaba la Clínica Ginecológica, dirigida por Pardo Correa— cede una parcela al fondo de su terreno, con salida hacia el frente del Cementerio General, hoy avenida Profesor Alberto Zañartu, para edificar el establecimiento que actualmente sigue operando con el nombre de Instituto Nacional del Cáncer.
Pardo Correa trabajó con tal vehemencia en esta tarea que ocultó durante largos meses a sus familiares y colaboradores una lesión que por su localización y por las molestias que necesariamente debía ocasionarle no podía desconocer, y solo al día siguiente de hacer entrega a las autoridades de la obra que se le había encomendado se confesó con su amigo Lucas Sierra, quien se ofreció para operarlo de urgencia. Según Juan Wood se trataba de un proceso ganglionar que evolucionó primitivamente como complicación de un panadizo, cuando el Profesor Pardo se desempeñaba en el cargo de Cirujano-jefe del Hospital de San Juan de Dios, entre los años 1895-1897 y que, como lo recordara el Profesor Sierra, al rendirle un homenaje póstumo, había necesitado la intervención de la cirugía en dos ocasiones anteriores, sin establecerse su verdadera etiología, o causa de la enfermedad. En la presente ocasión, a pesar de una amplia extirpación y seguramente como consecuencia del stress a que había sometido su organismo los últimos meses, la cirugía fue impotente, y como lo recordara su cirujano… “el proceso había hecho estragos. Ni la magnitud de nuestra intervención, ni la abnegación sin límites de su familia, ni los cuidados verdaderamente filiales de todo el personal de su Clínica, amigos, y especialistas, pudo detener el mal. Soportó con estoicismo criollo la marcha solapada y lenta que siguió sin proferir jamás una queja, ni contra la enfermedad misma ni las molestias que le imponía”. 12
El 13 de diciembre de 1930, trece meses después de haberse dictado el decreto de su aprobación, Caupolicán Pardo inaugura y hace entrega del Instituto Nacional del Radium — un centro especializado y equipado con los últimos adelantos de la época— a la Dirección General de Beneficencia 13 .
Según Guzmán el establecimiento comenzó a funcionar con tres galpones de madera, con cabida para 38 enfermos 14 , cuatro postas de roentgen terapia, un gramo y cuarto de radium-elemento, distribuido en diferentes dispositivos para permitir su empleo en el tratamiento de las diversas localizaciones cancerosas, un Laboratorio Clínico, un servicio de Anatomía Patológica y otro de Asistencia Social. Además, se contaba con la cooperación de las diversas clínicas que funcionaban en el Hospital de San Vicente de Paul”, 15 en cuyos terrenos, cabe recordar se había construido el Instituto del Radium.
Aparte de Caupolicán Pardo, el equipo médico original del Instituto habría estado encabezado por los doctores Juan Wood Walters, Leonardo Guzmán, Isaac Brieva, Enrique Dávila, Alberto Rahausen Jimenez (un cirujano nacido en Lima, Perú); además de Manuel Mella Veloso, quien después publicaría una serie de trabajos, entre otros: Radium y Rayos X: su control y protección. Estudios físicos y biológicos de las radiaciones directas o difusas de corta longitud de onda, realizados en los servicios de Roentgenterapia profunda y de curieterapia del Instituto Nacional del Radium (1931-1932-1933-1934). Y en 1936 “Radioterapia, colaboradora de la cirugía en cáncer”, sin sello editorial. Y su memoria: Radium – cáncer: Radiofísica-Radiosiología y Radiumterpia, publicada por los Talleres del El Diario Ilustrado, en 1928.
Además, el 27 de junio de 1932, el mismo Mella y Caupolicán Pardo preparan un material que titulan “Radiaciones secundarias: su control y protección”, publicado por el mismo Instituto Nacional del Radium e impreso en los Talleres Gráficos de la Nación, Santiago de Chile, donde fundamentalmente explican el procedimiento para una adecuada aplicación de la radioterapia con el fin de salvaguardar la salud del personal médico y paramédico, y cuales son los beneficios o protecciones que debiera tener dicho personal, un seguro de accidentes, vacaciones cada seis meses y otros (ver “Radiaciones secundarias” en el apéndice).
Según Raúl Peña, entre los años 1930 y 1935 habían pasado por la consulta externa del Instituto del Radium tres mil quinientos enfermos de los cuales se trataron mil setecientos cuarenta y nueve casos 16 .
Pardo Correa estuvo tres años a la cabeza de la institución, desde si inauguración, en 1930 hasta 1933, fecha en de su muerte, reemplazándolo en forma interina, por algunos meses, el doctor Juan Wood, y luego asume la directiva durante 23 años el doctor Leonardo Guzmán Cortés, hasta 1956. 17

1 Laval, Enrique. Op. Cit., pp. 74 a 76.

2 Sanitas. Nuestra Historia [Web en línea], en: http://www.sanitas.cl/p/index.php?option=com_content&view=article&id=147&Itemid=130

3 WOOD WALTERS, Juan. Op. cit, pp. 343 a 345.

4 Recordar que Peña está hablando el año 1939.

5 Peña, Raúl. Op. Cit.

6 Gil Letelier Velasco (1895-1933) fue un jinete chileno, impulsor del rodeo chileno en su forma competitiva. En honor a él, el principal club de huasos de Santiago de Chile se llama Club de Huasos Gil Letelier, club que encabeza la Parada Militar de Chile todos los años y se encarga de ofrecer el tradicional brindis de “chicha en cacho” al presidente y principales autoridades de la nación. Gil Letelier murió el día 15 de agosto de 1933, a los 38 años de edad, al regresar de Rancagua en un auto conducido por su cuñado Guillermo Pérez de Arce, quien más tarde llegaría a la presidencia del Senado. Gil Letelier y Olga Pardo tuvieron tres hijos, Olga, Ricardito, muy “acampado”, igual que su padre, y Max Letelier Pardo, quien estudiaría medicina como su abuelo Caupolicán, especializándose en psiquiatría.

7 WOOD WALTERS, Juan. Op. cit., pp. 341-348.

8 Ibid.

9 GONZÁLEZ GINOUVES, Ignacio. “Enrique Laval. Biografía de un realizador. 1895 – 1970”. Apartado de los Anales Chilenos de historia de la medicina. Año XIV, volumen único, 1972- 1973. Santiago 1972.

10 LÓPEZ CAMPILLAY, Leonardo. Ciencia, médicos y enfermos en el siglo XX: La Caja del Seguro Obligatorio y la lucha antituberculosa en Chile. ESTUDIOS – N° ESPECIAL -ISSN 0328-185X (Mayo 2012) 53-68.

11 GUZMÁN CORTÉS, (1960). Notas sobre la Cancerología en Chile. Recuperado el 02 de Julio de 2014, de: http://www.bibliotecaminsal.cl/wp/wp-content/uploads/2013/05/anales_ano2_vol2_p139.pdf

12 WOOD WALTERS, Juan. Op. cit, pp. 343 a 345.

13 Ibid.

14 GUZMÁN CORTÉS, Leonardo (1960). Op. cit., p. 139.

15 WOOD WALTERS, Juan. Op. cit, pp. 343 a 345.

16 PEÑA, Raúl. Op. Cit.,. P. 480.

17 GUZMÁN CORTÉS, Leonardo (1960). Op. cit., p. 139.

El reconocimiento a una labor encomiable

Poco después de la muerte del doctor Pardo y en reconocimiento a su trabajo, la Sociedad de Cirugía de Chile organiza un primer homenaje, en 1933, y por indicación del Dr. Víctor Manuel Avilés se solicita a la Honorable Junta de Beneficencia que el Instituto lleve el nombre de Caupolicán Pardo Correa. Sin embargo hubo quienes se opusieron arguyendo que “el doctor Pardo era profesor de obstetricia y ginecología y no un cancerólogo”. 1
Tres años después, en 1936 el doctor Juan Wood organiza un nuevo homenaje en la misma Sociedad de Cirugía, destacándose en esta ocasión su trayectoria como médico y catedrático. 2
El 24 de junio de 1943, con motivo del décimo aniversario de la muerte de Caupolicán Pardo, el entonces director del Instituto, doctor Leonardo Guzmán, organiza un nuevo homenaje, que recuerda en sus memorias citadas más arriba; esta vez en el mismo Instituto del Radium, al que asisten, según Guzmán, “familiares del doctor Pardo, el Ministro de Salubridad, Doctor Sótero del Río, numerosos miembros de la Facultad de Medicina y el Doctor Teodoro Gandy, Director de la Oficina Coordinadora Interamericana. Desconocemos a que “Oficina Coordinadora…” se refiere, como tampoco tenemos información sobre el mencionado doctor Gandy.
En el año 1950 el doctor Avilés retoma la iniciativa de ponerle el nombre de su fundador al Instituto, esta vez fue a través de la Sociedad Chilena de Obstetricia y Ginecología, y en el año 1951 la Dirección General de Beneficencia en la sesión del 15 de mayo, acuerda dar el nombre de Caupolicán Pardo Correa al Instituto Nacional del Radium. 3 Aunque según información actualizada del Instituto Nacional del Cáncer 4 , ya desde el año 1940 el Instituto llevaba su nombre.
El año 1965, el Servicio Nacional de Salud, a través de su director, doctor Francisco Mardones Restat, le rinde un nuevo homenaje en su memoria. Se instala su retrato 5 en el auditorio del establecimiento y se le otorga formalmente su nombre al Instituto, concretando así el acuerdo de la Honorable Junta de Beneficencia del año 1951. Participaron el Profesor Víctor Manuel Avilés (decano subrogante de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile), el doctor Juan Wood (profesor titular de Ginecología), el Profesor Carlos Sayago (director en ese año del Instituto Nacional de Radio), y a nombre de los familiares, su hijo y obstetra, el doctor Alberto Pardo Arancibia.6
En el centenario de su nacimiento en el año 1970, el doctor Hernán Romero Cordero, amigo de la familia Pardo Correa, lo recuerda en un artículo que publica la revista “Vida Médica” del mismo año. Transcribimos parte de ese texto “…poseía un alma tersa y sin culpas, no supo de la envidia ni de la ambición bastarda y dio pruebas de una bondad sin límites ni desmayos. La nobleza de los sentimientos y la paz interior se reflejaban en sus ojos claros y límpidos como las aguas de un lago profundo. En ellos asomaba leve y casi constantemente una sonrisa que invitaba a la comunicación. La mirada, las barbas que nunca se decidieron a ser rubias, que llevaba muy cuidadas y cambiaron de tamaño, así como la actitud acogedora que traducía amor al hombre hicieron que las monjas y los religiosos solieran llamarlo Jesús Nazareno…” 
En el año 1980 el Instituto Nacional del Radium cambia nuevamente de nombre debido a la reorganización de los Servicios de Salud y pasa a formar parte del Hospital Base San José y se lo denomina “Servicio de Oncología Hospital San José”. Luego en el año 1986, se le restituye su calidad de establecimiento hospitalario independiente con el nombre de Hospital Oncológico Dr. Caupolicán Pardo Correa. En el año 1988 retorna a la categoría de Instituto por ser un establecimiento de alta complejidad y se le designa Instituto Oncológico Dr. Caupolicán Pardo Correa. Entre los años 1983 y 1990 su director fue el Dr. Juan Arraztoa Elustondo. Y finalmente en el año 1997 el Instituto pierde el nombre de su fundador y pasa llamarse Instituto Nacional del Cáncer, denominación que mantiene hasta nuestros días. 8
El 4 de julio del 2013 se realiza en el Instituto Nacional del Cáncer el último homenaje hasta la fecha (septiembre de 2014) en honor de Caupolicán Pardo. Con el auspicio de laboratorios Roche se restaura y reinaugura el salón principal de actos. Dicho salón, en forma de anfiteatro y que sugerimos visitar, tiene un alto valor patrimonial. En los años 30 se realizaban en este lugar operaciones quirúrgicas donde los alumnos podían observar y participar con sus profesores.

En este último homenaje se le dio el nombre de Caupolicán Pardo Correa a dicho salón y en su interior se colocó una placa con su nombre; se restauró y reinstaló el retrato pintado por Raquel Armanet de Pardo (nuera del Profesor Pardo Correa) y donado a la institución el año 1965. El homenaje fue encabezado por el entonces Director subrogante del INC, Dr. Patricio Gayán, por el Director del Servicio de Salud Metropolitano Norte, Dr. Claudio Caro y el ex Director del Instituto del Radium Dr. Juan Arraztoa Elustondo que continúa trabajando en ese servicio. La producción estuvo a cargo de la relacionadora pública del INC, señorita Bárbara López. Participaron además autoridades, médicos y administrativos de las universidades de Chile, Católica, del Desarrollo y del Instituto Nacional del Cáncer. También asistieron familiares, nietos, bisnietos y tataranietos, entre ellos el psiquiatra Andrés Gumucio Pardo y el escritor Adolfo Pardo, ambos nietos de Pardo Correa, quienes hicieron uso de la palabra para evocar a su abuelo.

1 PARDO, Alberto. Op. cit., p.347-348.

2 PEÑA, Raúl. Op. cit., p. 478-479.

3 WOOD WALTERS, Juan. Op. cit, pp. 343 a 345.

4 Instituto Nacional del Cáncer [en línea], de http://www.incancer.cl/contenido/quienessomos/resenahistorica/resenahistorica.aspx

5 Retrato pintado al óleo, a partir de una fotografía, por Raquel Armanet, pintora y esposa del hijo de Caupolicán, Adolfo Pardo Arancibia.

6 PARDO, Alberto, SAYAGO, Carlos, WOOD WALTERS, Juan y AVILÉS, Víctor Manuel. Op.cit., pp. 341-348.

7 ROMERO, Hernán. Op. cit., pp. 8-9

8 Instituto Nacional del Cáncer. [en línea]. Op. cit.

Casa del herrero cuchillo de palo

Según Julio Frank en su libro de memorias de médicos notables del Siglo XX, falleció —legando a sus alumnos y a la Universidad un hermoso ejemplo de laboriosidad y grandeza de espíritu— de tuberculosis ganglionar extendida, consecuencia de una herida en un dedo recibida durante una intervención a una paciente tuberculosa. 1 Empeñado en sacar adelante la obra que él y muchos creían indispensable rehusó operarse como lo aconsejaba su amigo Lucas Sierra y dejó de existir el 24 de julio de 1933, a los 64 años. Fue sepultado dos días después en el sepulcro adquirido por su madre Domitila Correa, cincuenta años antes en el Cementerio General, a muy poca distancia del Instituto del Radium. Habían transcurrido solo tres años desde la inauguración de esa obra que, ochenta años después continúa en el mismo sitio y edificio, con los recursos actuales, transformado en un hospital público de excelencia. Una obra encomiable que tiene su origen en un profesional que los casos clínicos los veía y trataba como casos humanos y que entendía la medicina, como una ciencia y como un arte.
Caupolicán Pardo, 1869-1933, es un ejemplo en la historia que siempre conviene tener presente. Su obra perdura hasta hoy y se proyecta al futuro con el mismo ímpetu que supo inspirarle su creador.
La Fundación Oncológica Dr. Caupolicán Pardo (http://www.fundacioncp.cl/) se encarga actualmente de preservar su memoria y su legado ayudando con todos los medios al Instituto Nacional del Cáncer, ubicado en el mismo sitio donde hace 84 años el doctor y profesor Pardo Correa inaugurara el Instituto Nacional del Radium, avenida Profesor Zañartu 1010, Independencia, Santiago de Chile.

1 FRANK, Julio. Libro. Op. cit., p. 189.

Texto elaborado y editado por Adolfo Pardo.

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